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CARTA A LA EMBAJADA ALEMANA EN ESPAÑA

15 de Junio de 2010 | 1 Comentario

Excmo. Señor Embajador:

No ocuparé mucho de su tiempo. Soy funcionario y acabo de recibir como instrumento de trabajo un ordenador nuevo, rápido, funcional… Un objeto precioso. Querría darle las gracias a usted como representante del pueblo alemán. El Gobierno español ha debido emitir deuda pública para comprarlo y algún ciudadano alemán habrá colocado sus ahorros en un fondo de inversión o en un fondo de pensiones que tiene en su cartera esos títulos.  La deuda pública que ha financiado la adquisición de este ordenador no se pagará. Por tanto, debo considerarlo como un regalo del pueblo alemán; no a España sino a mí. – las cosas pertenecen a quien las disfruta.

En este caso con los euros que Vds. nos han prestado no hemos estimulado directamente su producción porque este computador no ha sido fabricado en Alemania sino en China.  Pero sí indirectamente porque algún ciudadano americano, con deuda pública comprada por China –que tampoco será devuelta – habrá adquirido productos alemanes.

Quizás lo escrito hasta aquí suscite en usted incredulidad, rechazo e inclusive indignación. Permítame argumentar brevemente que no estaría justificado.

En primer lugar porque si la deuda pública no va a ser pagada es porque ustedes no van a darnos la oportunidad de hacerlo. Ustedes no quieren realmente cobrarla. Un país como el suyo, que produce más de lo que gasta, sólo puede cobrar la deuda que acumula gastando en otro período más de lo que produce, es decir, aceptando déficits exteriores. Ustedes, sin embargo, apuestan por un superávit perpetuo.

En segundo lugar porque para un país que gasta menos de lo que produce, contar con la demanda extranjera significa poder emplear trabajadores que, de otra forma, habrían permanecido desempleados y esto no supone incurrir en coste social alguno. ¿Por qué vamos a pagar nosotros por su excedente de producción más de lo que a ustedes les cuesta?

Finalmente, aunque ustedes no van a cobrar las exportaciones netas que nos han enviado a los países del sur, su ritmo de acumulación durante la última década y su capital productivo al final de la misma han llegado a ser superiores a lo que habrían sido con un comercio equilibrado, y la acumulación de los países del sur, mucho más débil, y su capital final, inferior, a los que  habrían alcanzado en la situación alternativa. Su peso relativo en la balanza de la economía mundial ha crecido y el nuestro ha descendido. Si aceptamos esto su pretensión de cobrar la deuda resultaría excesiva. Equivale a querer cobrarla dos veces. Su regalo han sido las exportaciones netas y nosotros los hemos correspondido estimulando su potencial productivo a costa del nuestro. No es un intercambio ventajoso para nosotros, pero lo aceptamos; no tiene sentido rebelarse contra el pasado.

Sus ahorradores, que –al contrario de lo que sostiene su Canciller– han vivido por debajo de sus posibilidades y van a perder los ahorros acumulados durante un decenio, deben entender lo siguiente: cuando ustedes elogian la austeridad se están haciendo un cumplido a sí mismos. Nuestro punto de vista es que un país que produce con eficacia pero no consume lo suficiente es un free rider y su comportamiento es disfuncional para la economía mundial. Exportar en exceso, generando paro en el país importador –si no se acepta en algún momento futuro la situación inversa– es otra forma de invadirlo. Para que esto se comprenda es preciso que lleguen a entenderlo primero ustedes –las élites– y que después, para evitar el resentimiento, hagan pedagogía.

Mi última consideración es más bien una plegaria a no sé qué dioses. Habría que lograr que la pérdida suya y la nuestra sean mínimas. Es preciso que ustedes comprendan por qué se produce  lo inevitable y lo acepten para que la eliminación de los actuales desequilibrios suceda de forma ordenada y anticipada, evitando arrastrar hacia innecesarias caídas a los demás países implicados.

Con mis más respetuosos saludos

                                                    Alberto Alonso

PERO ¿QUÉ….QUIEREN LOS MERCADOS?

8 de Junio de 2010 | Deja un comentario

Esta es la pregunta que gobiernos y gobernados nos estamos haciendo en este momento. Se nos dijo que para que los mercados confíen y compren nuestra deuda  son precisas la consolidación fiscal y reformas (reforma del mercado de trabajo, del sistema financiero, etc.). En España acaba de aprobarse una reducción del gasto público y el gobierno ha prometido que, con acuerdo (entre sindicatos y patronal) o sin él, la reforma laboral va a llevarse a cabo, las cajas de ahorros se están fusionando… Parece que estos avances por el buen camino merecerían algún signo de aprobación de los mercados. Y sin embargo….el diferencial de la deuda española no deja de crecer, los CDS no dejan de subir y la Bolsa desciende más que en ningún otro país. ¿Cómo explicarlo?

Ahí van cuatro conjeturas  intentando descifrar la desconcertante conducta de los mercados.

1)      Lo que los mercados- digamos mejor los inversores – no quieren y, por tanto penalizan, es a gobiernos  que en vez de poseer criterios propios que inspiren las decisiones necesarias para encauzar a la economía actúan con el único propósito  de –rodilla en tierra- contentarlos o aplacarlos. Los inversores querrían, mientras esperan resultados, poder confiar en los gobiernos y sucede que éstos los tienen como única brújula para determinar su rumbo. Injustos, se irritan con quienes solo piensan en complacerlos. ¿A qué les suena esto?

2)      Lo que los mercados quieren es que alguien les asegure contra su propia histeria. Permítanme la metáfora: alguien que ante un acceso de descontrol se imponga con una bofetada. Traducido: Que el BCE,          como forma de imponer su autoridad, con una ráfaga de compras de bonos, arruine a los especuladores a la baja, o que, sin explicación y sin justificación reduzca el spread de la deuda griega o de la española respecto de la alemana. Una vez establecido entre los inversores que el BCE posee el control del mercado y va a ejercerlo éste podría anunciar sus objetivos de rentabilidad para los distintos plazos y, sin actuar o con actuaciones leves, alcanzarlos.

3)      Los inversores no siempre tienen una sólida formación en macroeconomía pero sí poseen sentido común, se juegan su dinero y consultan Internet. Y saben que la rentabilidad futura, la solvencia y la liquidez de la deuda pública que compran dependen de la salud económica del país que la emite. Con más precisión del déficit o superávit fiscal que pueda esperarse en periodos futuros. Tampoco es muy difícil entender que el superávit se obtiene con una recaudación impositiva alta y con subsidios de desempleo bajos y esto depende de la vitalidad económica, es decir, de la tasa de crecimiento del país. Y que la reducción del déficit que se propone como la medicina salvadora añade contracción a la que ya padecemos. Sres. del gobierno hagan Vds. un esfuerzo. Las cosas son un poquito más complejas que lo que  su lógica parece suponer. Quizás  resulte contra intuitivo que para tener menos déficit en el futuro es preciso que sea más elevado en el presente. Pero recuerden: Ni fea ni hermosa en el mundo que ves se puede lograr cosa si no es con su revés.

Contado de otra forma: El precio futuro de la deuda pública, criterio guía para los inversores, dependerá de la cantidad de títulos existente  y del volumen de ahorro que busca esos títulos. Reducir el gasto publico permite reducir el déficit y el crecimiento de la deuda, pero, al mismo tiempo, se reduce la renta y por tanto el ahorro. Medida por tanto perfectamente inútil para lo que los inversores buscan. Más brevemente: Toda emisión de deuda genera, vía incremento de la renta y del ahorro, su propia demanda.

Nos parece pues qué lo que los mercados quieren es que los gobiernos, en vez de claudicar ante la revelación que nos llega del norte: (prodigalidad –pecado), (austeridad –penitencia), (recuperación –redención), utilicen para entender los problemas presentes y para tomar medidas que los superen una macroeconomía sensata.

4)      Si la oferta de deuda genera su propia demanda ¿significa esto que no existe un problema real y que las reacciones de los mercados son puramente emocionales? Lamentablemente no. En la UME la emisión de deuda por países como España es suscrita por ahorradores de otro país (Alemania). Esto significa que para que la deuda sea más que papel, es decir, sea cobrable, es preciso que en un plazo no muy largo se cumplan ciertas condiciones macroeconómicas que hacen posible el pago. Son precisos superávits fiscales y éstos, cuando las empresas y las familias se están desendeudando, sólo pueden obtenerse si el país que emite la deuda (España) logra superávits exteriores, es decir, el país prestamista (Alemania) acepta déficits. Estos exigen una depreciación real del país deudor y una apreciación del acreedor. Como la devaluación no es posible en la UME, sería preciso un periodo en el que la inflación sea en Alemania más elevada que en los países del Sur.
Esto debe suceder en un plazo breve porque, de otra forma, la deuda pública del país deudor habrá crecido tanto que, aún en una situación favorable como la descrita, éste no podrá hacer frente ni al pago de los intereses. Será insolvente. Los mercados empiezan a intuir que estas condiciones macroeconómicas no es fácil que se alcancen. En cuyo caso, el país endeudado nunca devolverá el dinero que se le prestó. La recuperación de la inversión realizada exige contar, entonces, con un inversor sustituto que debe confiar a su vez en encontrar en el futuro otro, y así hasta el infinito. Basta con que uno de los eslabones de la cadena de la confianza se rompa para que los potenciales sustitutos no deseen serlo. Entonces se producirá el “default” y habrá que confiar en que el país sea rescatado, rescate que obviamente debilitará a los rescatadores.
En suma, lo que los mercados empiezan a pedir es un acuerdo para que la apreciación real de la economía alemana frente a las economías del sur empiece a producirse. Sin ese acuerdo, el futuro es obscuro.

SEIS CONDICIONES ¿NECESARIAS? PARA LA SUPERVIVENCIA DEL EURO

25 de Mayo de 2010 | 3 Comentarios

Amable lector: Si estas interesado en responderte a la pregunta: ¿Sobrevivirá la U.M.E.?   Te propongo lo siguiente:

  a) Discutir si las condiciones que se enuncian a continuación, u otras que tú sugieras, son realmente necesarias para la supervivencia del euro

  b) Evaluar en que medida es razonable esperar que esas condiciones se cumplan en la realidad.

 De la combinación de respuestas a estas dos preguntas puedes obtener tu veredicto. Te invitamos a que nos hagas llegar tus reflexiones.

 PRIMERA CONDICION.

Que el mandato de la Sra. Merkel sea breve.

 Es difícil construir, tanto en el ámbito de las relaciones personales como en las relaciones entre países. Exige tiempo, paciencia,  rectificar ante el error, creer en un proyecto común, a veces firmeza…Destruir lo logrado es muy fácil. Basta un manotazo para derribar el castillo de naipes levantado con paciencia y cuidado durante toda una tarde. La Sra. Merkel ha dado últimamente muchos manotazos. Parece programada para la torpeza. Querríamos creer que su actitud exagera hacia lo peor las actitudes de los alemanes. Estos necesitan líderes que en vez de halagar sus preferencias primarias se atrevan, persuadiéndolos, a reorientarlas. Alguien tiene que hacer pedagogía y explicar a los trabajadores alemanes que existe una relación, aunque parezca lejana, entre sus actitudes hacia los países del Sur (considerarlos pródigos, poco serios, poco laboriosos, poco eficaces) y el mantenimiento futuro de sus puestos de trabajo. Si la Sra. Merkel fuese un portavoz fiel de las actitudes de los ciudadanos alemanes la U.M.E. estaría condenada. No se puede, sin rebelarse, participar en una empresa común con quien te subvalora tanto que lo hace explicito. Más pronto o más tarde la rebelión se producirá y…los mercados anticipan el futuro.

 SEGUNDA CONDICION

Que las economías del Sur, Francia incluida, formen un bloque y negocien unidos frente a Alemania.

” España no es Grecia” es un mal lema. España no es Grecia todavía. Y también Portugal, Irlanda e Italia avanzan a diferentes velocidades en la misma dirección. Estos países, tienen en distinto grado, el mismo problema: la apreciación real de sus economías frente a Alemania. Y sin negociar conjuntamente no pueden ofrecer suficiente contrapeso para arrancar a Alemania la aceptación de la situación inversa.

¿Y Francia? Francia debe situarse en el lado correcto si quiere evitar su futura anexión. ¿Estamos sugiriendo que exista una voluntad germana explicita de expansión colonial? Rotundamente no. Pero sus empresarios quieren obtener beneficios y sus trabajadores puestos de trabajo….  Como los de cualquier otro país. Lo específico del caso alemán es:

 a) Que con una demanda interna débil los beneficios y los puestos de trabajo solo se consiguen exportando.

 b) Para exportar cuentan con la austeridad y la disciplina de una clase trabajadora que aceptara la moderación e inclusive la reducción de los salarios que se muestre necesaria. c) Los demás países de la U.M.E. no poseen clases trabajadoras tan aquiescentes y no pueden devaluar.

Por tanto si Alemania esta condenada a expandir sus exportaciones y los demás países se hallan inermes ante su expansión es fácil anticipar el resultado. Si los países del Sur saliesen del euro seria obviamente devaluando y entonces Francia se convertiría en territorio obligado de la expansión alemana.

TERCERA CONDICION.

Que las economías de los países del Sur logren una depreciación real en un plazo no muy largo.

Para ello Alemania debería aceptar una inflación  del orden del 6% para que España Italia…, con inflaciones próximas a 0, recuperen la competitividad pérdida en periodos de 5 o 6 años.

Las clases trabajadoras de los países del Sur deben aceptar la contención del crecimiento de los salarios nominales y la reducción del salario real asociada a la depreciación que se busca. Esta moderación salarial deberá sobrevivir a posibles cambios de gobierno y por tanto deberá ser programada y pactada con la oposición.

Si esta condición no se cumple, cuando la recuperación llegue, retornaran los déficits comerciales y con el desendeudamiento privado, que seguirá su curso, serán inevitables los déficits fiscales y el crecimiento de la deuda.

CUARTA CONDICION.

Que cesen las políticas fiscales contractivas, lo  que se llama ahora consolidación fiscal, y se apliquen las políticas contrarias: Déficits públicos – monetizados- hasta que las rentas de los países miembros alcancen sus valores potenciales. Es decir hasta que exista peligro de que la inflación empiece a crecer.

La reducción de  los déficits fiscales en los países del Sur reduce su demanda agregada y sus importaciones de Alemania, lo que disminuirá la renta alemana y provocara en este país aumentos del déficit fiscal que su rigor no le permitirá permitirse. Al neutralizarlos su renta se reducirá aun más. Con ella descenderán sus importaciones de los  países del Sur realimentando la contracción inicial. Un juego estúpido, por tanto, en el que la pelota de la recesión se lanza de Sur a Norte, rebota….

Los gobiernos de los países de la U.M.E. han atribuido a los inversores la macroeconomía arcaica y simplista con la que ellos parecen razonar y, pretendiendo contentarlos, se han propuesto reducir los déficits. Es de Perogrullo que déficits menores implican menor deuda pero no es seguro que incrementen la probabilidad de cobrarla. Los inversores, manejando una macroeconomía más sensata, tendrán en cuenta el efecto reductor del crecimiento que el ajuste fiscal va a provocar, las tensiones sociales, el impago de las hipotecas como consecuencia del desempleo…Factores estos que incrementan el peligro de sus inversiones y reaccionaran con recelo. Las ventas de deuda, la huida del euro serán atribuidas a especuladores malvados pero deben entenderse  más bien como una refutación, por inversores lúcidos, de la macro implícita en las decisiones de los gobiernos.

QUINTA CONDICION

Que el B.C.E. se comprometa a monetizar y monetice.

Razonaremos utilizando el ejemplo del juego de las sillas que aparece en la Teoría General de Keynes. El juego consiste en que hay un número de parejas bailando; pongamos que sean diez parejas. Cuando la música cese cada uno debe encontrar una silla en que sentarse. Solo hay diecinueve sillas. Quien se quede de pie paga prenda. Para Keynes la especulación seria como este juego: hay que mantener las acciones mientras su cotización esta subiendo pero cuidando de no ser el ultimo en vender.

Introduzcamos una pequeña modificación en el juego. Admitamos que se incorporan al baile parejas nuevas sin que se pongan más sillas. La ansiedad de los danzantes va creciendo porque la probabilidad de quedarse sin silla y pagar prenda aumenta. Llegara un momento en que alguna pareja renunciara a la satisfacción de bailar y aunque la música siga sonando, se sentaran. En ese momento se producirá una desbandada hacia las sillas.

No hay sillas para todos puede traducirse por: El gobierno de un país no puede hacer frente al pago de la deuda que vence salvo emitiendo nueva deuda. Si no hay suscriptores para esta, los poseedores de  la deuda vieja se quedan sin silla. Si, como suponemos, la relación deuda/P.I.B. crece cada vez hay mas parejas bailando. Y más inversores se van a quedar sin silla si todos dejan de bailar. Se entiende pues el nerviosismo de los mercados.

 No resolvería nada que una pareja que esta sentada ofrezca sus sillas a una pareja inquieta y se pongan ellos a bailar (esta es la lógica de los rescates de unos países por otros). Por el contrario, bastaría que se asegure a los danzantes que un  conserje añade sillas a medida que el número de parejas crece. Traducido: Que el B.C.E. se convierta en comprador subsidiario de la deuda – que ponga tantas sillas como sean precisas-  cuando los inversores titubeen.

En suma. Si el B.C.E. no se compromete a monetizar, aun sin que la música se apague-  sin que suceda nada exógeno que lo justifique- puede terminar el baile.

(Dice Zubiri que los ejemplos se vengan. Espero que éste sepa perdonarme)

SEXTA CONDICION

Que se introduzcan en la arquitectura de la U.M.E. modificaciones que impidan la reaparición en el futuro de los desequilibrios exteriores que constituyen el núcleo de los problemas actuales.

EL origen de estos desequilibrios es que la política monetaria común ha resultado ser demasiado contractiva para unos países (Alemania) y muy expansiva para otros (España, Italia, Grecia…) provocando un diferencial de inflación en contra de éstos y una pérdida de su competitividad. Por tanto las políticas fiscales nacionales deberían corregir la deficiente regulación que ofrece la política monetaria común. Habría que establecer incentivos que induzcan a los países en recesión a aplicar políticas fiscales expansivas -monetizando el B.C.E. sus déficits, naturalmente-  y que disciplinen a los países sobre estimulados para que obtengan superávits. El objetivo último es que los excedentes de producción de unos países no tengan que ser absorbidos por otros.

¿Cuál será el sacrificio en términos de paro de reducir el déficit público con recortes del gasto?

19 de Mayo de 2010 | 12 Comentarios
por → Jorge Uxo

Los gobiernos europeos parecen decididos a someter a sus economías a un proceso de enfriamiento en medio de la recesión más grave que ha experimentado la economía mundial desde la Gran Depresión. El argumento principal es que no es posible seguir financiando la deuda pública en los mercados financieros, y que cualquier otra alternativa, como el recurso al banco central, sería altamente peligrosa para la estabilidad de las economías europeas, porque acabaría provocando inflación y seguramente incentivos a un futuro comportamiento irresponsable de las autoridades fiscales (“riesgo moral”).

Ahora bien, estos costes no son tan evidentes como se afirma –otros países están utilizando de hecho sus bancos centrales para financiar su deuda- mientras sí son seguros los efectos negativos que supondrán estos ajustes fiscales sobre el crecimiento y el empleo. Sin duda, esta es una cuestión muy relevante que merece una respuesta lo más concreta posible.

En la literatura económica se acuñó el término de “ratio de sacrificio” para referirse a los costes en términos de empleo que se derivan de las políticas de reducción de la inflación mediante reducciones de la demanda agregada. Existe un paralelismo claro entre este concepto y el coste que nosotros queremos calcular.

Esta “ratio de sacrificio de las políticas de reducción del déficit” nos ofrece el “sacrificio” que debe hacer la economía española en términos de paro por cada punto que quiera reducir la el déficit público sobre su PIB, y  es el cociente de dos magnitudes. El numerador es la diferencia entre la tasa de paro que cabe esperar que tenga la economía española con estas medidas y la que habría tenido sin que se llevaran a cabo. El denominador, por su parte, es la diferencia entre el déficit público (en porcentaje del PIB) antes y después de las medidas de ajuste propuestas por el Presidente del Gobierno el pasado 12 de mayo.

Este cálculo requiere partir de un escenario de partida con el que realizar las comparaciones, que recogería la evolución del déficit, el PIB y la tasa de paro en ausencia de las medidas que acaban de anunciarse. Una opción razonable es utilizar las previsiones sobre el comportamiento de la economía que maneja el propio gobierno –o, al menos, las que ha hecho públicas en su Actualización del Programa de Estabilidad presentado en febrero- aunque sepamos que su exceso de optimismo es evidente. Según sus previsiones de entonces, en 2010 el PIB español todavía crecería en términos reales a una tasa negativa (-0,3%) aunque en términos nominales el crecimiento sería positivo (0,2%). Para 2011, las cifras recogen un crecimiento real del 1,8%, o de un 3,3% en términos nominales. En términos de la tasa de paro, las previsiones serían del 19% y del 18,4% en cada uno de estos dos años.

Comencemos ahora por el numerador. ¿Tendrá efectos restrictivos sobre la renta y el empleo la reducción del gasto público, o los efectos milagrosos sobre las expectativas de los empresarios, como parecen afirmar algunos economistas, les llevarán a aumentar su producción y contratar más trabajadores? Pues bien, si durante 2009 existía una importante unanimidad –FMI, OCDE, Comisión Europea- de que una política fiscal más expansiva contribuiría a compensar la caída de la demanda agregada, no hay razón para pensar que en 2010, cuando la situación económica no ha cambiado sustancialmente a mejor, la operación contraria no tendrá como consecuencia una reducción de la demanda agregada.

Para estimar este efecto con precisión sería necesario contar con multiplicadores del gasto fiscal ajustados a cada tipo de partida que se recorte –no tendrá el mismo efecto una reducción del gasto en inversión pública que en el sueldo de los funcionarios, por ejemplo-. A falta de estos multiplicadores, podemos utilizar un valor global para el conjunto de partidas que se van a reducir, y a raíz de las estimaciones existentes en la literatura nos parece que un valor de 1,2 podría ser adecuado. Es decir, por cada euro que deja de gastar el sector público, la demanda total se reduce en 1,2 euros una vez que tenemos en cuenta todos los efectos multiplicadores.

Como el gobierno ha previsto reducir 5000 millones el gasto durante 2010 y otros 10000 millones de euros en 2011, el efecto estimado sobre el PIB sería de 6000 millones en 2010 (o un 0,6% del PIB previsto por el gobierno) y de 12000 millones en 2011 (un 1,1% del PIB que se preveía obtener). Tomando como dadas las previsiones actuales sobre el crecimiento de la población activa y de la productividad, la tasa de paro que se registrará en la economía española después de tener en cuenta estos efectos restrictivos en 2010 y 2011 será del 19,5% y del 19,3%. Por tanto, el sacrificio total en términos de paro será de 1,4 puntos más de desempleo. Por si esta cifra parece pequeña, diremos que la cifra de parados se incrementaría en 100.000 personas en 2010 y en 200.000 personas en 2011.

Vayamos ahora con el denominador. Sorprende la simplicidad del cálculo que se ha hecho para estimar el efecto que tendrán estas medidas sobre el déficit público. Como la reducción total propuesta en el gasto es de aproximadamente el 1,5% del PIB, se corrige el déficit previsto en esa misma cantidad, de forma que se espera que en 2011 se sitúe en el 6% en vez del 7,5% que se preveía en febrero.

Por supuesto, esto no será así. Primero, porque el déficit nominal deberá dividirse por una cifra inferior del PIB. Segundo, porque este efecto restrictivo también se reflejará en una caída de los ingresos y un aumento de los gastos a través de los estabilizadores automáticos. De hecho, estos efectos son estimados por organismos como la OCDE y la Comisión Europea. De acuerdo con estas estimaciones, cada punto de output gap –diferencia porcentual entre el PIB y el PIB potencial- supone en España un aumento de 0,375 puntos sobre el PIB  en los ingresos públicos y una reducción de 0,0625 puntos sobre el PIB en los gastos. Utilizando estos coeficientes y las estimaciones del PIB potencial que se derivan del Programa de Estabilidad, esto se concreta en que la reducción del déficit público total no será de 15000 millones, sino de sólo 7747 millones, una cifra sensiblemente menor.

Ajustando ambos efectos (reducción del PIB y menor disminución del déficit por la actuación de los estabilizadores automáticos) el resultado es que en 2011 el déficit no se habrá reducido hasta el 6%, sino sólo hasta el 6,9%. En términos absolutos, esto supone una reducción en el déficit –respecto al que se habría alcanzado según el gobierno- de 0,6 puntos porcentuales.

El lector puede calcular a partir de esta cifra el efecto limitado que estas medidas tendrán sobre la ratio deuda/PIB, cuya reducción se supone que es el principal objetivo del plan de ajuste presupuestario. La explicación es bien sencilla: reduciremos (en menor medida de lo que se dice) la necesidad de emitir deuda, pero a la vez reduciremos también la principal garantía de nuestra solvencia como deudores: el PIB.

Ya estamos en condiciones, por tanto, de calcular cuánto desempleo nos va a costar la reducción de cada punto del déficit en porcentaje del PIB, dividiendo el aumento de la tasa de paro por la reducción del PIB. Esta ratio de sacrificio es de 2,1 puntos más de paro por cada punto de reducción del déficit.

Por supuesto, el cálculo que acabamos de hacer puede verse modificado -en ambos sentidos- en función de cómo evolucionen las economías europeas. Por ejemplo, podría afirmarse que el multiplicador que hemos utilizado es demasiado alto, o que no hemos tenido en cuenta los “efectos no keynesianos” que han seguido a otros procesos de ajuste fiscal –que se llevaron a cabo en un contexto expansivo completamente diferente al actual-. Ahora bien, también podría ocurrir lo contrario, que los efectos restrictivos fuesen aún mayores. Se nos ocurren al menos tres razones para ello. En primer lugar, la contracción fiscal no sólo se producirá en España, sino que parece que tendrá un carácter muy generalizado en Europa, lo que se reflejará en las exportaciones de todos. En segundo lugar, la demanda privada no se recuperará hasta que avance de manera significativa el proceso de desapalancamiento de las familias y las empresas. Pero la reducción de la renta disponible que supondrán las medidas aprobadas obligará a aumentar aún más la tasa de ahorro, generando una segunda reducción de la demanda agregada. En tercer lugar, si la inflación se reduce, crecerán en términos reales tanto el tipo de interés real como el valor de la deuda.

También podría discutirse si las previsiones que el gobierno incluyó en su Programa de Estabilidad son creíbles. Nosotros hemos fingido hasta aquí que así lo creíamos, pero la realidad es que existe unanimidad en los organismos internacionales y en otros institutos de coyuntura en que la evolución más probable será más desfavorable. En cualquier caso, ya que la ratio de sacrificio mide el aumento del paro respecto al escenario tomado como base de las comparaciones, esta cifra no se vería modificada.

Lo que sí haría es reforzar la idea central de estas páginas: que el objetivo prioritario de la política económica debe ser el empleo, y que estas medidas nos alejan de él. ¿De verdad no existe en Europa otra alternativa que una carrera hacia abajo en los niveles de renta? ¿Es la deflación el plan para salvar al euro? Más bien parece lo contrario.

EL SISTEMA FINANCIERO: SU PAPEL EN LOS CICLOS ECONÓMICOS

4 de Mayo de 2010 | Deja un comentario

La función distintiva de los bancos es transformar los depósitos a corto plazo en préstamos a largo plazo menos líquidos y más arriesgados (Fama), es decir, canalizar el ahorro hacia la inversión.

El sistema bancario es la base del sistema capitalista, entendiendo el primero como el intermediario entre el ahorro y la inversión, facilitando los intercambios comerciales y haciendo posible la captación y el análisis de la información necesaria para la selección apropiada de los proyectos de inversión (minimizando los riesgos de proyectos fallidos).

Puesto que el proceso de canalización del ahorro hacia la inversión es el generador de riqueza del sistema, el sistema bancario juega un papel fundamental en el mismo.

Cabe plantearse la cuestión simple (sin entrar en este momento a plantearse cuestiones de nivel de desarrollo o eficacia) de si el sistema financiero (bancario) juega un papel amortiguador o acelerador en los ciclos económicos.

Si el sistema bancario no tuviera la capacidad de crear dinero, la aportación del mismo se mediría en función de la eficacia a la hora de seleccionar los proyectos de inversión financiados con los recursos de los ahorradores, y, por tanto, de su capacidad para recopilar y tratar la información necesaria para la toma de decisiones. Por tanto, su influencia dependería del buen fin de las inversiones financiadas, de su capacidad para hacer frente a proyectos fallidos (capitalización), del encaje temporal de sus flujos de cobros y pagos, y estaría ligado a la propia evolución de la economía real.

Sin embargo, si el sistema bancario tiene la posibilidad de crear dinero (sistema fiduciario con reserva fraccionaria actual) que no se corresponde con el ahorro real de los agentes económicos, el efecto del proceso multiplicador del dinero (aumento o reducción de la oferta monetaria) en la economía real puede generar múltiples resultados en función de las circunstancias particulares en las que se produzca.

Mientras haya factores desocupados, se puede decir que la creación de dinero “responsable o prudente” por parte del sistema bancario puede facilitar y acelerar el proceso para alcanzar el pleno empleo (renta potencial).

Se podría plantear que la condición necesaria para que el proceso bancario no genere resultados desestabilizadores para el sistema sería que los prestatarios generen las rentas necesarias para la devolución de los préstamos en las condiciones pactadas (situación hedge de Minsky). Por supuesto, habría que tener en cuenta que el nivel de apalancamiento fuera el apropiado para los recursos propios (riesgo micro de R. Caballero), las facilidades de obtención de liquidez en el sistema (interbancario y banco central), y la propia regulación y supervisión del mismo.

En las circunstancias anteriores siempre se podría producir una perturbación externa al sistema que provocara una desestabilización del mismo (riesgo macro de R. Caballero).

Cabría plantearse qué factores pueden producir la desestabilización del sistema. Entre otros, dos de estos factores podrían ser:

-         Alteraciones de los precios de equilibrio como consecuencia de imperfecciones del mercado (competencia, información asimétrica,…). Pueden provocar asignaciones no eficientes de los recursos y aumentar tanto los costes de intermediación (y la posible racionalización del crédito) como los riesgos de morosidad de determinados proyectos de inversión, con el correspondiente impacto en la economía real (New Institucional Theories of Finance, Knoop 2008).

-         Incremento (decremento) de la oferta monetaria vía multiplicador por encima (debajo) del nivel de equilibrio necesario para mantener a la economía en el entorno de su renta potencial.

Cuando se produce la desestabilización del sistema, se pueden producir las siguientes situaciones:

-         Que funcionen correctamente los mecanismos del mercado y se produzca el ajuste necesario para volver a la situación de equilibrio, por ejemplo por la vía del fine tunning realizado por los bancos centrales, sin gran impacto en el ciclo económico.

-         Que los mercados o las instituciones no reaccionen a tiempo (por falta de flexibilidad, imperfecciones, fallos,…) y las medidas correctoras provoquen un cambio de ciclo.

-         Que por determinadas circunstancias, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, no se pongan de manifiesto los desequilibrios existentes en la economía o se interpreten los mismos de forma errónea, dando lugar a un proceso expansivo excesivo que puede dar lugar al exceso de apalancamiento del sistema y a la aparición de burbujas en determinados activos (entendidas éstas  como aumentos en el precio del activo no explicados por cambios en sus fundamentales, que se producen en la fase expansiva del ciclo o manía, Kindleberger 1978).

Es en esta última situación en la que vamos a centrar el análisis. Lo importante en este punto es cuestionarse qué se ha producido para llegar a una fase de “hiper calentamiento” de determinadas economías con las principales variables macroeconómicas (inflación, desempleo, crecimiento,…) aparentemente saludables, evitando la entrada en funcionamiento de los mecanismos de ajuste institucionales y del mercado.

En este punto es donde cabe la entrada del sistema financiero como acelerador de los desequilibrios, promoviendo:

-         Una expansión del crédito retroalimentada, ya que al aumentar el crédito, aumenta la oferta monetaria, disminuyen los tipos de interés, disminuyen los márgenes bancarios que se suplen con más volumen de créditos (al no producirse aumentos de la inflación).

-         Un proceso de innovación financiera basado fundamentalmente en aumentar la liquidez de los activos tradicionalmente más ilíquidos (hipotecas, bonos,…), bien a través de los procesos de titulación, bien a través de la creación y ensanchamiento de mercados específicos, y centrado en la búsqueda de mayores rentabilidades para las carteras (y, aunque no tenido debidamente en cuenta, más riesgo). Problema de la “banca en la sombra” o paralela y crecimiento desorbitado del peso del sector financiero en la economía.

-         Nuevos actores en el mercado (BRICS) con un modelo económico basado en las exportaciones y creación de reservas (exceso de ahorro), que han facilitado el endeudamiento de los países importadores (exceso de consumo) y exportado deflación, distorsionando en muchos casos los tipos de cambio, lo que ha impedido el funcionamiento del mecanismo equilibrador de los mercados.

-          Un entorno de tipos de interés reales muy reducidos, que, junto a la facilidad de acceso a crédito por parte de todos los agentes económicos, ha fomentado la innovación financiera buscando nuevos productos con márgenes mayores, ha provocado la disminución de la calidad del mismo, y ha posibilitado la aparición de las burbujas en los activos tradicionales, bolsas de valores y activos inmobiliarios, ésta última amplificada por las políticas adoptadas por diferentes gobiernos (políticas de fomento de la vivienda en propiedad en EEUU y políticas de obtención de ingresos fiscales por parte de las autoridades locales en España).

-         Un proceso de retroalimentación de la espiral expansionista al aumentar el precio de los activos, ya que, aparte del efecto riqueza, aumenta la capacidad de endeudamiento de los agentes económicos al utilizar los mismos como colateral.

Se pude decir que las economías en las que se producen las circunstancias mencionadas anteriormente, en la medida que va profundizándose la fase expansionista, evolucionan hacia una estructura financiera especulativa según el concepto desarrollado por Minsky.

A modo de ejemplo, se pueden citar los siguientes casos concretos que avalan la afirmación anterior:

-         Aumento de hipotecas, especialmente de alto riesgo y subprime, basándose en la evolución creciente de los precios de los inmuebles utilizados como garantía (y en la creencia de que dichos precios nunca bajan), y en unas condiciones de plazos y tipos de interés que no tienen en cuenta la capacidad de generación de rentas futuras de los prestatarios, si no la posibilidad de recuperar los créditos en caso de insolvencia por la venta de los colaterales en el mercado.

-         Aumento de créditos al consumo en todas sus variantes (tarjetas de crédito, refinanciación de hipotecas,…) que es indicativo del cambio en la preferencia temporal de los agentes (consumir antes de ahorrar).

-         Aumento de operaciones corporativas (fusiones, adquisiciones,…) financiadas con un elevado endeudamiento y usando como colateral las acciones de las propias corporaciones objeto de la operación. Desarrollo del concepto de “creación de valor” para el accionista con un fuerte énfasis en el aumento de valor de las acciones.

-         Aumento sin precedentes de las operaciones de titulación y derivados financieros avaladas por las agencias de rating con las máximas calificaciones y con garantías no contractuales (fuera de balance) de las instituciones financieras (lo que supone un riesgo encubierto en caso de insolvencia para las entidades financieras originarias).

-         Aumento de proyectos de inversión financiados fundamentalmente con endeudamiento y sin una base sólida de justificación de los mismos.

-         Aumento de los desequilibrios comerciales entre países exportadores e importadores.

-         Aumento del apalancamiento del sistema bancario, llegando a proporciones de 1 a 35.

-         Aparición de grandes inversores institucionales (mutuas, fondos,…), alguno de ellos con operativas muy apalancadas y buscando rentabilidades elevadas (mayor riesgo), facilitada en muchas ocasiones por las agencias de rating (exigencias estatutarias de una determinada calificación mínima).

Parece evidente que en la situación anteriormente descrita cualquier acontecimiento de muy diversa naturaleza (un cambio de sesgo de la política monetaria, una bancarrota o fracaso empresarial, una alteración de precios,…) puede poner de manifiesto la fragilidad del sistema y evidenciar que ha evolucionado hasta llegar a una estructura Ponzi (Minsky), donde los agentes económicos no pueden hacer frente a los pagos ni de los interés ni del principal de sus deudas.

A partir de aquí el se desencadena el proceso de retroalimentación negativo:

-         Pérdida generalizada en el valor (precio) de determinados activos, especialmente los afectados por la burbuja (efecto riqueza).

-         Rápido proceso de desapalancamiento de los agentes económicos, forzando las ventas de activos utilizados como colaterales y amplificando las pérdidas de valor (precio) de los mismos.

-         Aumento de la morosidad y de las quiebras.

-         Restricciones de crédito y traslado a la economía real.

-         Pérdida de confianza generalizada (Pánico, Kindleberger 1978, Animal Spirits, Akerlof y Shiller 2009).

-         Rápido contagio al resto de sectores, agentes y economías.

-         Debt deflation (Fischer) y Balance Sheet Recession (Koo 2008).

El sistema financiero juega también un papel fundamental en la fase contractiva de la economía, acelerando el proceso (efecto multiplicador inverso) y trasladando rápidamente los efectos a la economía real (consumo, inversión, paro,…). En la medida en que el negocio del sistema financiero se basa fundamentalmente en el apalancamiento, parece claro que cuanto mayor sea éste y menor sea la calidad de los activos (en términos de análisis de la desviación de sus precios con respectos a sus valores fundamentales), más frágil será el sistema y mayor el riesgo de una crisis sistémica. Además hay que tener en cuenta que el sector financiero se encuentra en un grado de globalización muy avanzado, debido a su gran dependencia de las tecnologías de la comunicación e información y la reciente evolución y desarrollo de las mismas, así como al propio desarrollo del comercio internacional

Desde la perspectiva de la teoría económica, cabría hacerse una serie de preguntas relativas a las explicaciones de los fenómenos anteriormente relacionados y a la identificación de posibles nuevas áreas de investigación económica:

-         Con la expansión del crédito y el elevado apalancamiento del sistema financiero ¿Siempre acaba evolucionando hasta llagar a una estructura Ponzi? ¿Es necesaria que para llegar a dicha estructura Ponzi la aparición de burbujas en determinados activos?

-         ¿Hay algún límite en el nivel de apalancamiento a partir del cual se evoluciona a una estructura Ponzi? ¿Es ese límite identificable y modelizable?

-         A la hora de la modelización del sistema financiero ¿Habría que descomponer el mismo en dos subsistemas independientes, separando la actividad bancaria tradicional del resto de actividades? ¿Se podrían identificar dichos subsistemas con los riesgos micro y macro definidos por Ricardo Caballero?

-         ¿Puede haber causado el problema la falta de activos refugio como establece R. Caballero?

-         ¿Se ha producido en la sociedad un cambio en la preferencia temporal que ha llevado a un problema de “falacia de composición”? ¿Es sostenible el anticipo generalizado del consumo y la inversión?

UNA POLÍTICA ECONÓMICA PARA LA ECONOMÍA ESPAÑOLA

4 de Mayo de 2010 | 1 Comentario

Si queremos que la economía española permanezca en la Unión Monetaria Europea nos parece que debe plantearse alcanzar en el medio plazo los dos objetivos siguientes:

  • Recuperar la competitividad perdida durante la década pasada. Se lograría manteniendo una tasa de inflación 1 ó 2 puntos por debajo de la inflación alemana.
  • Alcanzar una tasa de crecimiento del PIB para que el aumento del empleo resultante permita absorber el stock de desempleo actual.

Las relaciones entre estos dos objetivos son complejas: si la recuperación del empleo fuese muy rápida, se haría más difícil lograr la moderación salarial y, por tanto, el diferencial de inflación con Alemania. Por otra parte, la reducción de la tasa de inflación producirá efectos contractivos –eleva el tipo de interés real y la carga real de la deuda–, efectos que habría que neutralizar aplicando políticas de demanda expansiva.

Los dos instrumentos para alcanzar estos objetivos son:

  • La política fiscal expansiva ¿Es necesario argumentar que el aumento del empleo no es un problema dependiente de la regulación del mercado de trabajo sino del crecimiento de la demanda? Por tanto es preciso estimular ésta con el único instrumento que poseemos: déficits fiscales superiores a los derivados de la acción de los estabilizadores automáticos que lleven la renta hasta su valor potencial. Límite de este instrumento: la desconfianza de los mercados  ante el inevitable crecimiento de la deuda pública que se produciría.
  • Política de moderación salarial pactada: consistiría en que los sindicatos, al unísono, acuerden crecimientos salariales suficientemente bajos para lograr un diferencial de inflación negativo prefijado respecto de Alemania.

La aplicación simultánea de ambas políticas exigiría un acuerdo sindicatos-oposición-Gobierno por el cual cuanto mayor sea la moderación salarial aceptada más expansiva debería ser la política fiscal que se aplique.

Podemos imaginar con este planteamiento dos escenarios. En el escenario optimista, los trabajadores acceden a moderar de forma sustancial sus crecimientos salariales y el Gobierno se atreve –dando un pase de pecho a la ortodoxia vigente, es decir, al fanatismo vigente–, a incurrir en déficits y los mercados toleran el envite. España recuperaría a buen ritmo competitividad y tasa de crecimiento y el paro empezaría a reducirse porque tanto la demanda interna como la exterior estarían creciendo.

En el escenario pesimista, ni los trabajadores aceptan de forma coordinada la moderación ni el Gobierno se atreve a aplicar una política fiscal claramente expansiva. También en este caso se moderarían –lentamente– los crecimientos salariales, pero únicamente como consecuencia del desempleo, que continuaría aumentando o, al menos, no disminuiría. Lograr la misma moderación salarial conllevaría –si no hay acuerdo– más desempleo –y más miedo al desempleo– y una demanda agregada más débil, lo que, sumado a una política fiscal tibia, supondría un crecimiento del PIB raquítico o nulo.

Supongo que este escenario es el asimilable al que se produciría aplicando una política ortodoxa. Se aceptan desmentidos. Esta consistiría en una reducción de los costes de despido, una modificación de las formas de contratación y una política fiscal que ningún gobierno se atrevería ni sería capaz de llevar hasta lograr aplacar la fiebre alemana, pero que, en cualquier caso, sería insuficientemente expansiva.

¿Podría la expansión de otros países alimentar la recuperación sin la acción estimulante de la política fiscal? La situación podría repetir la historia del Barón Münchausen: un grupo de países hundidos en un pantano esperando cada uno que los demás lo saquen levantándolo por los pelos. Y, aunque algún país actuase como locomotora, el problema radica en que el déficit exterior crecerá, acercándose a los valores previos a la crisis, en cuanto la economía empiece a recuperarse. Con un déficit exterior alto y un desendeudamiento privado al que le queda aún mucho recorrido, sin un déficit fiscal fuerte, la contracción es ineludible.

¿Es la política propuesta viable? Pues que juzgue el lector evaluando las siguientes objeciones:

  • No es seguro que los sindicatos estén persuadidos ni sean capaces de persuadir a los trabajadores de que vale la pena este esfuerzo de moderación salarial –que supone reducciones del salario real– ni que un gobierno ante la proximidad de unas elecciones se atreva a plantearlo.
  • Ni tampoco que los mercados no acaben exigiendo tipos de interés tan elevados ante el crecimiento de la deuda que hagan que éste se torne explosivo. Salvo que las instituciones financieras poseedoras de deuda pública española y de la de otros países hagan entrar en razón al Banco Central Europeo, logrando que avale esa deuda o –disfrazándolo como convenga– la compre, librándolas así de las pérdidas que el default les supondría.
  • La recuperación de la competitividad española es cosa de dos; implica una pérdida de la competitividad alemana. Pero ¿está dispuesta Alemania a tolerar una tasa de inflación dos puntos superior a la de los países del sur de Europa? Por ejemplo ¿es plausible que el Banco Central Europeo modifique su objetivo de inflación, fijándolo en el 3%, para que Alemania alcance un 4% y los países mediterráneos un 2%? ¿Qué sucedería si Alemania se plantea como objetivo de inflación el 1%?

Amable lector, hemos expuesto la que nos parece la mejor propuesta de política económica para nuestro país. Si, sopesando las objeciones que acabamos de apuntar u otras que se te ocurran, la consideras inviable, extrae tú las inevitables conclusiones.

EL LADO AUSTRIACO DE LA CRISIS

4 de Mayo de 2010 | 3 Comentarios

             Hace algunas semanas Martin Wolf abrió un espacio en su blog para una discusión sobre la economía austriaca. También Krugman, en el suyo, ha colgado varios posts sobre el tema. Estimulados por ambos, hemos elaborado algunas ideas que exponemos a continuación.

Nuestro propósito es mostrar cómo ciertos elementos de la teoría austriaca del ciclo económico pueden enriquecer, es decir, incrementar el poder explicativo de una teoría esencialmente keynesiana sobre el origen y la dinámica de la crisis actual. Implícitamente estamos suponiendo que una simbiosis entre teorías, la aceptación del mestizaje entre ellas, puede hacerlas más aptas para sobrevivir ante una realidad cambiante.

           La explicación keynesiana de la crisis podría enunciarse así: por distintas causas de carácter sociológico, demográfico o político, algunos países generan un exceso de ahorro que, en la etapa previa a la crisis, es absorbido por otros.

Esa absorción conlleva los siguientes procesos: a) una apreciación real de las economías receptoras de ahorro (España, Estados Unidos) y una depreciación de las economías emisoras (China, Alemania); b) una reducción del tipo de interés real de la economía receptora; c) la formación de burbujas en la economía receptora; d) un crecimiento del stock de deuda del país receptor frente al país emisor.

La crisis aparece porque este proceso de absorción de ahorro, por razones que veremos después, no puede continuar indefinidamente. La raíz última de nuestros problemas es, pues, una insuficiencia de la demanda interna de ciertos países que sólo transitoriamente se resuelve y que reaparece al estallar la crisis.

            Para los austriacos, el ciclo económico se produce por un error de las autoridades monetarias consistente en establecer tipos de interés demasiado bajos genera un proceso de sobreinversión insostenible por escasez de ahorro que, cuando cesa, provoca pérdidas de capital y hace inevitable el reajuste.

            Por tanto, la oposición entre ambas escuelas de pensamiento no puede ser más radical: para los austriacos, la crisis aparece por una sobreinversión inviable; para los keynesianos, por un ahorro excesivo. Para los austriacos, la crisis la provoca el error de las autoridades monetarias; para los keynesianos, la política monetaria expansiva aplicada en los países receptores es acertada porque evita una situación alternativa de contracción económica. Para los austriacos, la crisis es un problema de mala asignación de recursos que aparece en la etapa de boom y que debe corregirse cuando este termina, suponiendo en todo momento plena utilización de los recursos; para los keynesianos, la absorción del ahorro extranjero evita el desempleo y, cuando ésta cesa, el desempleo reaparece.

            El guión del desarrollo de la crisis podría ser el siguiente:

El exceso de ahorro de unos países se concreta en un flujo de ingresos no gastados a la búsqueda de activos en qué invertirse. Si los activos del país de origen son insuficientes por serlo la inversión, esos fondos se canalizarán hacia los activos del país receptor. El flujo de capitales aprecia la moneda de éste y la apreciación provoca el transfert, es decir, el aumento de las exportaciones netas desde el país emisor hacia el país receptor.

            Pero si en el país receptor no se produjera a la vez un incremento de la demanda agregada, la apreciación que experimenta generaría contracción económica. El estímulo lo logra la actuación conjunta de la política de demanda expansiva y la eclosión de las burbujas. Estas, al elevar el valor de los activos (inmuebles, acciones) hace sentirse a los agentes económicos más ricos y les induce a aumentar su gasto: su consumo a las familias y su inversión a las empresas.

            El gasto del país receptor logra así elevarse por encima de su producción para absorber el excedente del país emisor. La contrapartida de ese flujo de producción neta es la deuda creciente, período tras período, de los ciudadanos del país receptor frente al país emisor.

            Lo que otorga un carácter austriaco a este proceso es que en el país receptor se modifican dos precios macroeconómicos fundamentales: el tipo de interés real, que desciende por la política monetaria expansiva, y el tipo de cambio, que se aprecia por el aflujo de capitales. Esta distorsión potenciará, sin duda, el crecimiento de unos sectores (construcción y sectores adyacentes) y penalizará el de otros (sectores exportadores y productores de bienes importables).

            La estructura productiva se verá, por tanto, modificada. Más aún si se tiene en cuenta que el precio del activo-producto del sector construcción constituye él mismo una burbuja. Pero no es sólo la composición sectorial de la economía lo que varía; también lo hace la distribución funcional de la renta y, por ello, el modelo de crecimiento. Efectivamente, obtener superávits exteriores exige aumentar el ahorro interno y, para lograrlo, comprimir los salarios. Es decir, elevar los beneficios, la inversión y el ritmo de acumulación. De forma simétrica, en los países con déficit, una parte de éste permitirá un aumento del consumo, mayores salarios y un estilo de crecimiento menos forzado y más confortable.

También podríamos calificar de austriaca la idea de que toda crisis exige un boom previo, en este caso el originado por los tipos de interés bajos, el abaratamiento de las importaciones –la época de la plata dulce–, la sensación de euforia provocada por la elevación del precio de los activos.

Y para terminar, la crisis es la constatación de una serie de errores cometidos durante el boom: mientras éste dura, los agentes económicos toman decisiones de inversión, de consumo y endeudamiento equivocadas porque utilizan en su cálculo económico el tipo de interés y el tipo de cambio vigentes sin ser conscientes de que no pueden durar porque la situación macroeconómica que los determina no es sostenible.

            ¿Por qué no es sostenible y cuál puede ser el desenlace previsible? No es sostenible porque los agentes económicos que, por los tipos de interés bajos y las facilidades de crédito derivadas del flujo de capital extranjero, se están endeudando dejarán de hacerlo cuando su deuda alcance un valor umbral respecto de su renta. No olvidemos que el endeudamiento que se produce en condiciones favorables no es sino un adelantamiento del gasto. Al gasto incrementado concentrado en un período tiene que sucederlo, por tanto, un hueco de demanda en el período siguiente.

            El desenlace se producirá cuando las burbujas estallen. Digamos, para saber de qué hablamos, que existe una burbuja cuando el precio de un activo se eleva por encima del valor fundamental, alimentado por expectativas de ulteriores subidas.

            Existen varios mecanismos que pueden intervenir en el estallido de una burbuja. Quizás el más plausible sería el siguiente: Cuando las familias y las empresas se desendeudan y sus demandas se reducen, y por ello la rentabilidad de los activos desciende, los inversores –los operadores fundamentalistas– comenzarán a considerar los precios de los activos injustificadamente elevados, venderán masivamente, se frustrarán las expectativas alcistas de los especuladores y, al invertirse éstas, la burbuja estallará.

            El pinchazo de la burbuja inducirá a los individuos a revisar a la baja la estimación de su riqueza, lo que les llevará a acelerar su desendeudamiento, los agentes económicos que especularon comprando a crédito los activos efervescentes tendrán dificultades para hacer frente a sus deudas, los bancos, anticipando escaseces de liquidez, interrumpirán su flujo de crédito… En suma, se activará una serie de feedbacks positivos que alimentarán el proceso acumulativo de contracción de la renta y el empleo. A esta dinámica podríamos denominarla el lado keynesiano de la crisis.

            El lado austriaco es la distorsión de las estructuras productivas, tanto del país receptor de ahorro como del país emisor, resultante de los errores de decisión de los agentes y que sólo se verá rectificada si los precios macroeconómicos fundamentales –tipo de interés real y tipo de cambio– se reequilibran.

            Si la realidad fuese fluida, las actuaciones para solucionar la crisis consistirían en:

a)     estimular la demanda agregada para neutralizar la contracción keynesiana;

b)     modificar los precios macroeconómicos, es decir, devaluar el tipo de cambio del país receptor respecto al emisor y reajustar los tipos de interés respectivos;

c)      dar tiempo a que el mecanismo de mercado reasigne los factores productivos entre sectores.

Aún en un mundo ideal de plasticidad infinita, las propuestas anteriores comportan una dificultad enorme: para que los agentes económicos que se han endeudado en el país receptor puedan pagar sus deudas es preciso –a nivel agregado– que el país obtenga un superávit exterior y, para ello, el tipo de cambio debe ser inferior al inicial. En pocas palabras, el desendeudamiento exige someter a las economías durante un cierto período a la distorsión inversa –simétrica– a la que han padecido en el período anterior. Y sólo después de que la deuda externa haya sido pagada podría volverse al equilibrio anterior al boom.

Pero la realidad es una máquina oxidada. Si se pretende moverla chirría. La discusión entre los Estados Unidos y China sobre la paridad del yuan o la indignación alemana ante la sugerencia de que su economía debe perder competitividad son los crujidos de estructuras productivas solidificadas endurecidas que se niegan a cambiar de forma.

¿En qué situación nos hallamos? Se ha hecho frente a la contracción económica con políticas monetarias expansivas que pretenden –abaratándolo– que el endeudamiento privado continúe, y con políticas fiscales –déficits públicos– cuyo efecto es compensar el desendeudamiento privado con endeudamiento público. El lado austriaco de la crisis se presenta irresuelto y sin fácil solución. Podría afirmarse que la resistencia a rectificar las distorsiones en las estructuras productivas es el principal obstáculo para una verdadera solución de la crisis.

Las políticas keynesianas facilitan el proceso de reasignación de recursos. En efecto, aun con los precios macroeconómicos correctos, si el desempleo fuese elevado, podría no haber demanda para los sectores correctos. Además, estas políticas permiten ganar tiempo hasta que el lento proceso de reconversión finalice, pero, si éste no se lleva a cabo, constituyen sólo una huida hacia adelante.

Tres ideas para terminar:

1.- Es muy improbable que lo que hemos denominado distorsión inversa llegue a producirse, inclusive en el medio plazo. Mi cerebro también cruje si quiero imaginar a Alemania y a China con déficits corrientes cuantiosos y prolongados. Lo más que podría esperarse es que los actuales superávits y déficits lleguen a anularse. Pero si esto es así, no veo forma de que la deuda externa viva cuando esto suceda sea cobrada. Quizás alguien en los países exportadores sea consciente de que están cambiando producción por papeles y el papel, aparte de acreditar derechos, tiene otros usos. Es también muy probable que a los países exportadores les resulte beneficioso entregar producción sin contrapartida pero ¿aceptarán esto sin resistencias?

 2.-Es doloroso constatar que nuestro país no tiene en su mano ninguna de las palancas necesarias para enfrentarse a la crisis. Ni puede aplicar políticas expansivas para resolver el lado keynesiano ni corregir la pérdida de competitividad experimentada para actuar sobre el lado austriaco. Es dentro del euro un país inerme. ¿Qué fallo de la teoría económica, qué inconsciencia de nuestras élites puede explicar que nos hayamos arrojado al mar maniatados?

 3.- Norma fundamental para un país soberano. No aceptar nunca la visita   –digamos mejor la intrusión– del ahorro extranjero. Nunca más déficits prolongados. Cualquier aflujo de capitales debe contrarrestarse con acumulación de reservas y un flujo en sentido contrario. Resolver los problemas de insuficiencia de demanda interna de otros países supone un coste muy elevado. Dejemos que los países austeros disfruten en solitario de los resultados de su austeridad.