MÁS SOBRE LA CARTA AL EMBAJADOR DE ALEMANIA

30 de Junio de 2010
por Jorge Uxo

Estimados señores Alonso y Müller,

He leído sus argumentos en las cartas que se han intercambiado (post de los días 15 de junio y 26 de junio) y no he podido evitar la tentación de intervenir en su polémica. Dado que ustedes han decidido hacer públicas estas cartas, espero que no lo interpreten como una falta de discreción por mi parte.

Empezaré por presentarme. Soy un trabajador español y tengo contraído un crédito hipotecario con una entidad bancaria que, probablemente, captó los fondos que me prestó en los mercados internacionales. Si a esto le sumamos mi parte alícuota de la deuda pública española, soy uno de esos “deudores” sobre cuya capacidad de pago han estado ustedes discutiendo.

Creo que también es importante decir que no pedí el crédito por capricho o por una excesiva euforia. Aunque ahora escucho con frecuencia que viví por encima de mis posibilidades, me he educado en un entorno bastante austero y de prudencia financiera. Simplemente, casi no tuve más remedio: vivo en Madrid y ya saben ustedes que los precios de la vivienda se dispararon en los últimos años. Como ven, la burbuja inmobiliaria tuvo dos caras: es cierto que algunos hicieron muy buenos negocios y que dio empleo a muchos trabajadores poco cualificados…, aunque con salarios demasiado bajos para pagar las viviendas que construían sin pedir créditos muy elevados.

Pero ahora es tarde para lamentarse y a mí me gustaría pagar mi deuda. Primero, porque deseo hacer valer la palabra dada al firmar la póliza de crédito. Segundo, porque creo que, como dice el señor Müller, éste es uno de los fundamentos del funcionamiento de la economía de mercado y de la sociedad en general. Tercero, porque al contrario que el señor Alonso, creo que no sería justo no hacerlo. Y, cuarto, porque las consecuencias personales que esto tendrá para mí y mi familia serían muy desagradables.

Para pagar mi deuda necesito sobre todo mantener mi puesto de trabajo (y el de mi mujer: somos una familia numerosa) y unos ingresos salariales suficientes. De momento, el gobierno español ha tomado dos decisiones (al parecer, empujado por los sabios economistas europeos y por los mercados) que van a hacerlo más difícil: ha reducido mi sueldo y ha facilitado las condiciones para que mi mujer pueda ser despedida más rápidamente y con una indemnización menor. Y el gobierno alemán encabeza una política de recortes fiscales en toda Europa que podrían hacer esto más probable. Parece que para hacer frente a mis deudas no me quedará más remedio que ahorrar más y gastar una parte mayor de mi reducida renta, como ya están haciendo muchas otras familias.

Si me dan a elegir, también preferiría que hubiera un poco más de inflación que un poco menos, ya que mi deuda está establecida en términos nominales. Pero me temo que la obsesión monetarista del BCE y de Alemania nos obligarán a moderar aún más el crecimiento de nuestros salarios. Así que tendremos que ahorrar incluso un poco más –y gastar un poco menos-.

Señor Müller, una primera lectura de su carta casi me convence de que la culpa era nuestra (de los deudores). Al fin y al cabo, su lógica es –aparentemente- impecable: el problema se encuentra en la menor productividad de los españoles (usted dice de las “empresas” españolas, aquí suele traducirse como de los “trabajadores” españoles; cuestión de perspectiva) y de unas pretensiones salariales excesivas. Y la solución también parece impecable: mejoremos nuestra competitividad y seremos capaces de exportar más y resolver nuestros problemas. Por supuesto que tenemos mucho que mejorar y estamos dispuestos a aprender de su reconocida eficacia, y también comparto su idea de que la competencia entre las empresas es un incentivo importante para el funcionamiento de la economía. Pero pensándolo más despacio, creo que su argumentación tiene algunos fallos importantes. Le ruego que no tome como una impertinencia que pase a detallarlos:

  • Usted no hace mención al principal problema al que se enfrenta la economía en estos momentos –no sólo la española, sino la de toda Europa-: la falta de demanda global. Por tanto, no es un problema de eficiencia productiva de España o de Alemania, ya que esto sólo resolvería el problema del “reparto” de una demanda insuficiente. En una u otra parte, seguiría existiendo desempleo, salvo que usted siga creyendo que la oferta crea su propia demanda y se tome en serio los modelos neoclásicos de crecimiento.
  • Expresado en otros términos, yo diría que el giro que intentó dar en su carta, desde una perspectiva macroeconómica a otra microeconómica (“las empresas”) no es la adecuada, ya que los efectos agregados de las decisiones individuales son muchas veces contrarios a los que cabría esperar. Por ejemplo, ¿qué efectos tendría sobre la demanda global la competencia entre los trabajadores alemanes y españoles por mantener sus puestos de trabajo compitiendo mediante bajadas salariales? Esta política, que antes se llamaba “empobrecer al vecino”, no tendría vencedores, ya que lo que cuenta es la posición relativa. Incluso puede ser un juego con suma negativa al reducir los ingresos totales: todos produciríamos menos, ya que sólo se puede vender lo que alguien quiere (calidad, eficiencia) y puede (renta) comprar.
  • De hecho, ahora que me doy cuenta, lo que parecía una medida muy razonable desde mi perspectiva familiar (ahorrar más para pagar las deudas) puede ser muy peligroso si se extiende a toda la economía. ¿No era esto lo que en la Facultad de Economía llamaban “paradoja de la austeridad”?
  • Por todas estas razones, las tres alternativas que propone para España son soluciones falsas. Si los españoles desempleados se desplazan a Alemania, ¿para qué iban a ser contratados allí, si su producción no podría ser vendida por falta de demanda? Por eso mismo, ¿por qué iba a querer comprar un empresario alemán una empresa española? Y si lo hiciese, ¿no sería para sustituir las exportaciones alemanas a España, dejando en el desempleo a otros trabajadores? (Quizá a los españoles que se habían desplazado a su país, aunque en esto del desempleo no soy nada nacionalista).

 

No quiero alargarme más. Simplemente quería transmitirles, como deudor que soy, que mi deseo es pagar hasta el último euro (¿o serán pesetas?) que debo, pero que la política de los gobiernos europeos puede acabar haciéndolo muy difícil. Por otro lado, no veo muy claro en qué medida los planes de rescate podrían ayudarnos o simplemente dilatarían el problema. A mí me sigue pareciendo que sería mucho mejor un cambio radical en las políticas de los gobiernos europeos. En cualquier caso, sigo abierto a discutir estos puntos de vista con ustedes.

Un cordial saludo,

Jorge Uxó

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