¿ENTERRARON A KEYNES EN TORONTO?
Tengo para mí que en Toronto Keynes hubiera votado en contra de la pretendida “solución keynesiana”.
El pasado fin de semana, en Toronto, se reprodujo el choque entre dos planteamientos económicos que parecían de otra época. El viejo orden estuvo representado por la Canciller alemana Angela Merkel, quien sostenía que la recuperación de la senda de crecimiento estable pasaba por la contención del déficit público. Exactamente lo que predicaban los primeros economistas, hace más de 200 años, bajo la expresión “santo temor al déficit”. El “nuevo” orden económico fue liderado por el Presidente norteamericano Barak Obama, quien invocó a Keynes para propugnar el déficit público como el único instrumento que puede devolvernos a la senda de crecimiento de pleno empleo. Ganó la del viejo mundo por goleada. Todos y cada uno de los países se comprometieron a reducir a la mitad sus déficit en para el 2013. No habrá una segunda ronda de proyectos faraónicos financiados con deuda pública e internacionalmente coordinados.
¿Cuál de los dos planteamientos es el correcto? Los dos y ninguno. En las circunstancias actuales es difícil encontrar una solución cuyos efectos secundarios no sean peores al mal que tratan de remediar. Por favor, no maten al mensajero que trae malas noticias.
En las cumbres internacionales que siguieron a la crisis financiera de septiembre de 2008, los líderes políticos acordaron unos planes de inversión pública que dispararon el déficit público en todos los rincones del planeta. La lógica (o la “magia”) keynesiana explicaba que esa inyección de dinero animaría la inversión privada, la producción y el empleo. De una renta creciente emanaría un flujo de impuestos suficientes para amortizar la deuda pública sin necesidad de subir los tipos impositivos. Lamentablemente, en esta ocasión, estos efectos taumatúrgicos no se han producido. La actividad privada no remonta el vuelo, por más brotes verdes que los políticos vislumbren. Un aumento del gasto público en 6 puntos porcentuales del PIB ha dado lugar a un aumento del déficit de 10 puntos, pues la recaudación privada ha caído paralelamente a la renta. El problema de la deuda privada ha sido completado (que no superado) con el problema de la deuda pública.
Los Keynesianos más entusiastas, como Paul Krugman, Nobel de Economía en 2008, siguen en sus trece. “Si un billón de dólares no es suficiente, que el Gobierno gaste dos, tres o los que hagan falta”. Para bien o para mal, ese entusiasmo no es compartido por los mercados financieros. Quienes se juegan su propio dinero (no el dinero de los abnegados contribuyentes sino el propio) rehúsan ahora comprar deuda de gobiernos endeudados hasta las cejas. Temen que ese dinero no les sea devuelto o que se les pague con billetes devaluados a causa de la inflación.
Así las cosas, nadie debe extrañarse de que en Toronto resucitan el “santo temor al déficit” y las políticas de austeridad. Pero, ¿es esta la solución a la crisis económica y financiera? De ninguna manera. La demanda agregada, que venía siendo “artificialmente” sostenida desde el sector público, se hundirá y con ella la renta y la recaudación impositiva. Por paradójico que parezca los esfuerzos por contener el gasto público pueden conducir a más déficit. ¿Cómo reaccionarán entonces los mercados financieros?, me pregunto yo.
Quienes confían en las capacidades autocurativas del mercado no deben olvidar que el camino será largo y doloroso. Cuando el precio de los terrenos caiga un 90% y el de la vivienda un 50% empezará a reanimarse el sector de la construcción. Cuando el valor de las acciones caiga un 80%, algunos empresarios considerarán interesante comprar la empresa X a un precio de ganga e invertir en ella para modernizarla. La prosperidad nacerá sobre la ruina de muchas familias y empresas. ¿Quién sostendrá a los millones de desempleados durante este largo proceso de depuración? Esta es la segunda duda que me quita el sueño
La tercera es de índole teórica. ¿Enterraron a Keynes en Toronto? En mi opinión, la teoría Keynesiana (que enfatiza los problemas de los vaivenes de la demanda agregada, la fragilidad financiera y la incertidumbre) es la que mejor explica la dinámica del capitalismo, incluida la Gran Recesión de 2008. Donde tengo mis dudas es en las políticas keynesianas. No es que niegue su fundamentación, sino su aplicabilidad a una situación tan deteriorada como la que tenemos ahora. Tengo para mí que en Toronto Keynes hubiera votado en contra de la pretendida “solución keynesiana”. Aunque Keynes era muy favorable a la política monetaria, los sucesos de la Gran Depresión de 1929 le llevaron a concluir que ésta fallaba en las recesiones profundas pues todo el dinero inyectado era atesorado a efectos de prevenir un futuro incierto. Si Keynes hubiera vivido los últimos acontecimientos tal vez hubiera concluido que la política fiscal expansiva (alimentada con deuda pública) no funciona cuando la economía arrastra un peso excesivo de deuda privada. Los efectos multiplicadores del gasto público se neutralizan por unos agentes obligados a amortizar sus deudas.


Óscar, bienvenido a este foro de debate abierto y ojalá contemos con tu presencia regularmente.
Como sabes, en este blog he venido defendiendo el mantenimiento de los estímulos fiscales mientras la demanda privada fuera insuficiente, como hasta ahora, lo cual me lleva a ser más partidario de la postura mantenida por la administración Obama en la pasada cumbre del G-20 que del énfasis tan fuerte en la reducción inmediata del déficit defendido por Alemania –y, por tanto, por la UE-.
Estamos de acuerdo en que las políticas de austeridad no son la solución, como tú dices de forma clara. Sin embargo, tu artículo apunta algunas cuestiones muy importantes sobre las posibles limitaciones de las políticas expansivas que nos obligan a ser más precisos en la definición de una propuesta alternativa. En este sentido, es un antídoto a la vez contra el conformismo frente al “santo temor al déficit” y contra el mecanicismo de proponer lo contrario sin dar una respuesta teórica más detallada a problemas como los que apuntas:
- ¿Hasta dónde hace falta llegar con los aumentos del déficit público para resolver la falta de demanda privada?
- Si las autoridades y los ciudadanos estuviéramos dispuestos a llegar a ese punto, ¿nos acompañarían los mercados?
- Si la respuesta anterior fuese negativa o el aumento de la deuda pública necesario se considerase demasiado elevado o insostenible, ¿no existe otra alternativa para financiar el gasto necesario? ¿Cuál sería el coste de una participación mayor del BCE en esta financiación?
- En países como España, ¿basta con una política de demanda expansiva o es necesario algo más?
En definitiva, en tu artículo te planteas y respondes varias preguntas. Pero también queda abierta otra muy importante: si las políticas fiscales expansivas no son suficientes, o no se pueden aplicar en el actual contexto, ¿qué debería y podría hacerse? Si las políticas restrictivas no son la solución, ¿cuál es la alternativa? ¿Qué hubiera propuesto Keynes en Toronto?