Entradas de Jorge Uxo
UNA MIRADA ALTERNATIVA A LOS MERCADOS DE DEUDA Y LA CONSOLIDACIÓN FISCAL EN ESPAÑA
La zona euro se enfrenta a un problema de escasez global de demanda, que se ha manifestado en una recesión importante de sus economías durante 2009 y unas perspectivas de crecimiento muy moderadas para los próximos años (según el FMI, un 1,5% en 2010-2011 y un 1,8% en 2012-15). A la vez, el desempleo se ha incrementado sustancialmente, hasta un 10,1% de media. En España, estos datos son aún más desfavorables: el crecimiento medio previsto para 2010 y 2011 es del 0,2%, y para 2012-2015 del 2%, mientras que la tasa de paro se sitúa ahora mismo en torno al 20%.
En este contexto, sin embargo, los gobiernos europeos –también el español- han puesto en marcha, simultáneamente, un programa muy drástico de consolidación fiscal, que deprimirá aún más la demanda, y que tendrá por tanto un efecto procíclico. ¿Con qué justificación?
Los argumentos que se ofrecen son varios. El primero sería que, en realidad, los programas de estímulo fiscal han fracasado y no tienen efectos reales sobre la demanda, por lo que cabría esperar que las reducciones de gasto tampoco tuviesen efectos restrictivos importantes. Incluso, generarán “confianza” en los agentes económicos y acabarán provocando un efecto neutro o positivo. Desde el punto de vista teórico, este argumento parece basarse en la hipótesis de equivalencia ricardiana, pero los supuestos en que descansa son ciertamente muy restrictivos en condiciones normales, y es aún más improbable que se cumplan en un contexto de recesión como el actual, donde hay, por ejemplo, un número elevado de hogares con restricciones de liquidez. Tampoco parece justificado el temor a que la expansión del gasto público “expulse” la inversión privada: ésta no se recuperará mientras que el grado de utilización de la capacidad productiva se encuentre en niveles tan reducidos (74%), por lo que, en todo caso, el gasto público podría animar la inversión más que retraerla. Por otro lado, la evidencia empírica ofrecida por el propio Fondo Monetario Internacional[1] sí muestra que los programas de ajuste fiscal tienen efectos restrictivos importantes en la mayoría de los casos. Y los datos de crecimiento del tercer trimestre publicados por Eurostat confirman una desaceleración de las economías de la unión monetaria (0,4% de crecimiento intertrimestral, frente al 1% del segundo trimestre).
También se ha manejado una segunda justificación, más implícita que explícita, que se deriva de una postura contraria a priori a la intervención pública y a la posibilidad de que el gobierno incurra en déficit y deuda. Aprovechando que la crisis ha provocado (y no al revés) un aumento del gasto público y del déficit, y que por tanto la deuda ha crecido, se afirma que el gasto es insostenible, que el sector público es demasiado grande en nuestras economías, o que nuestro Estado de Bienestar no puede financiarse si no se acometen reformas (eufemismo para recortes). Por tanto, cualquier momento es bueno para adelgazar nuestro sector público. Ahora bien, como este argumento no es coyuntural, sino estructural, debería justificarse utilizando los datos del tamaño del sector público anterior a la crisis, o al menos descontando los efectos sobre los gastos e ingresos públicos que se derivan de la actuación de los estabilizadores automáticos. En el caso de España, lo que estos datos arrojan no es precisamente un sector público hipertrofiado: en el periodo 1995-2007, la media de los ingresos públicos era el 45,7% del PIB en la UEM-12, frente al 38,7% en España, y los gastos representaban el 48% y el 40%, respectivamente. Y el gasto social también se sitúa por debajo (en torno al 21% del PIB en España, frente a un 27% de promedio de la UE.
MÁS OPINIONES SOBRE LA REFORMA DEL GOBIERNO ECONÓMICO EN EUROPA
La propuesta de reforma institucional que aprobó la semana pasada la Comisión Europea ha pasado en gran medida desapercibida, a pesar de que en nuestra opinión tiene una gran importancia. El funcionamiento de la unión monetaria ha puesto de manifiesto problemas importantes en su diseño institucional y ésta puede ser una gran oportunidad para resolverlos, o para agravarlos.
Andrew Watt, del European Trade Union Institute ha publicado recientemente un comentario sobre la propuesta de reforma que a nuestro juicio contiene observaciones muy acertadas para formarse una mejor opinión sobre este tema. Puede leerse aquí:
MARTIN WOLF, LA COMISIÓN EUROPEA Y LAS ALTERNATIVAS DE POLÍTICA FISCAL
El pasado 29 de septiembre la Comisión Europea aprobó un paquete legislativo que pretende reforzar la “gobernanza económica” de la Unión Europea y de la zona euro. Cada vez queda más claro que la salida de la crisis para los países de la periferia no puede lograrse de forma autónoma, sino que requiere la adopción de un plan coordinado entre los gobiernos europeos y el BCE que permita resolver los actuales desequilibrios entre países deudores y acreedores sin prolongar la depresión. Las alternativas a este plan europeo de recuperación son el paro masivo o, al final, tras un doloroso proceso, el abandono de la unión monetaria.
Las medidas propuestas por la Comisión, sin embargo, van exactamente en la dirección contraria: un endurecimiento aún mayor del Pacto de Estabilidad y Crecimiento y un aumento del poder de Bruselas para imponer de forma autónoma y casi automática sanciones a los países que no apliquen las medidas de restricción del déficit y la deuda que se les propongan, con una pérdida de la soberanía nacional –democrática- nada disimulada. De hecho, esta propuesta es una auténtica “contrarreforma” de los cambios que se introdujeron en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento en 2005, cuando las consecuencias de la desaceleración de 2001 habían puesto de relieve la necesidad de flexibilizar la norma para evitar que una reducción demasiado rápida del déficit impidiera la recuperación. (Un pequeño detalle: los países que entonces tenían déficit excesivo y se arriesgaban a una sanción eran Alemania y Francia…).
El segundo ingrediente de la propuesta es la creación de un “Procedimiento de Desequilibrio Excesivo”, que vigilará la situación macroeconómica de los países europeos e impondrá medidas correctoras e incluso sanciones a aquellos que presenten desequilibrios elevados. Aparentemente esto puede ser una idea interesante: vigilar la aparición de desequilibrios para evitar la aparición de crisis posteriores. Sin embargo, la propuesta vuelve a estar sesgada y fomentará la competencia a la baja en las políticas salariales (y de protección social) y la aplicación de políticas más restrictivas. ¿O es que se sancionará a los países que tengan mayores porcentajes de desempleo, para impulsarles a generar más demanda? Obviamente, no. Y si un país gasta sistemáticamente menos de lo que produce, ¿se sancionará al país que, endeudándose, acaba absorbiendo el exceso de capacidad del primero? ¿Qué debería hacer este país, restringir también su demanda? ¿Iniciar una devaluación competitiva mediante rebajas salariales, para evitar la sanción? En definitiva, que las propuestas de la Comisión vuelven a representar un modelo de coordinación asimétrica de la política económica: se penalizan los déficit y las políticas “demasiado” expansivas, pero no se promueve la cooperación cuando hace falta más expansión de la demanda.
(Las propuestas de la Comisión pueden consultarse aquí: http://ec.europa.eu/economy_finance/articles/eu_economic_situation/2010-09-eu_economic_governance_proposals_en.htm).
Es importante señalar, sin embargo, que contra lo que pueda parecer, el debate intelectual y político sobre las distintas alternativas fiscales se mantiene, y que no hay una sola opción posible. Un ejemplo es el nuevo plan de estímulo fiscal que ha propuesto recientemente el Presidente Obama. Y desde el punto de vista intelectual no podemos dejar de mencionar el artículo publicado el pasado 30 de septiembre por Martin Wolf en Financial Times, a raíz de la valoración –positiva, claro- que el FMI ha hecho de los planes de reducción del gasto del gobierno británico. (Puede leerse el artículo completo aquí: http://www.ft.com/cms/s/0/07e8d3f4-ccc1-11df-a1eb-00144feab49a.html).
Martin Wolf discrepa de esta valoración positiva, y su argumento parece convincente. En primer lugar, las propias previsiones del FMI registran una tendencia del PIB a medio plazo muy por debajo de la que habría seguido sin la crisis, lo que implica que se mantendrá un exceso de capacidad y que habrá recursos sin utilizar. Aceptar este bajo crecimiento habiendo una alternativa de política económica que puede evitarlo es sencillamente estúpido, aparte de que no pueda llamarse a esta situación una “recuperación equilibrada”, como hace el FMI. En segundo lugar, esta reducción en el PIB puede acabar convirtiéndose en permanente precisamente por la inacción de las autoridades económicas, a través de una reducción prolongada de la inversión –menor dotación de capital- y como consecuencia del paro de larga duración –que tiende a expulsar definitivamente a muchas personas del mercado de trabajo-. En tercer lugar, no debería limitarse la aplicación de una política más expansiva por el temor a la inflación: a medio plazo, el riesgo actual es más bien el contrario, la deflación, como pone de manifiesto el ejemplo de Japón.
Esta política más expansiva significará más déficit público, pero esto choca desde luego con la posibilidad de encontrar financiación suficiente en los mercados financieros. Por tanto, se hace necesario que sea el Banco Central el que compre estos títulos de deuda, monetizando el déficit.
Si esta solución parece razonable para Reino Unido, también lo es para la situación actual de la zona euro. Salvo que la retórica de la austeridad y los prejuicios ideológicos sigan prefiriendo la terapia (inútil) del paro prolongado y los recortes sociales, claro.
PORQUE LA POLÍTICA ECONÓMICA ACTUAL NO ES LA ÚNICA POSIBLE
Este blog ha pretendido desde el principio ser un espacio abierto y plural para la discusión intelectual en torno a las políticas y las ideas económicas relacionadas fundamentalmente con la crisis económica actual. Su objetivo no es, por tanto, el debate estrictamente político, ni mucho menos tomar partido por unas u otras opciones políticas. Simplemente, desde la independencia de criterio y a partir de las herramientas que nos ofrece la teoría económica, cada uno de los que intervenimos aquí ofrecemos nuestra visión en torno a lo que podría hacerse desde el ámbito de la economía para mejorar la situación.
Hoy, sin embargo, es un día especial, ya que está convocada una Huelga General por las principales organizaciones sindicales, y yo querría hacer una excepción. Cada uno de los que aquí escribimos o leemos tendremos nuestro punto de vista sobre esta convocatoria, ejerciendo nuestra libertad para sumarnos o no a ella. Para mí, todas las posturas son por su puesto respetables, pero me gustaría manifestar claramente que yo sí voy a parar: mis alumnos ya saben que no daré clase, y hemos discutido las razones para ello.
En numerosos escritos he manifestado aquí mi desacuerdo con la reforma laboral y su incapacidad para crear empleo –el principal argumento para su convocatoria- pero también he discrepado de la orientación general de la política económica que se está aplicando en Europa, y también en España. Particularmente, he criticado las políticas de austeridad fiscal, por sus efectos negativos sobre la demanda agregada, y la falta de respuesta a los verdaderos orígenes de la crisis actual. En el caso de la unión monetaria, estas políticas serán especialmente dañinas para los países de la periferia, como España, y las últimas propuestas de reforma institucional –límites más estrictos al déficit, por ejemplo- van precisamente en la dirección contraria a la que se necesitaría. El motivo de mi protesta es, por tanto, global, y abarca tanto la reforma laboral como el conjunto de la política económica.
Como decía antes, todas las posturas en relación con la huelga merecen mi respeto. Sin embargo, en los últimos días se han utilizado dos argumentos en su contra que han reforzado aún más mi apoyo a la convocatoria. Uno es el de la “inevitabilidad” de estas políticas económicas, que vendrían impuestas por la racionalidad económica, supuestamente residente en “Bruselas” y en “los mercados”. Protestar contra ellas, se ha llegado a decir, es como protestar porque llueve. No es cierto, protestamos porque creemos que hay alternativa, y que sólo el debate intelectual y la formalización de propuestas diferentes le abrirán paso (junto a la movilización social). El segundo es un mensaje claramente antisindical –no discutiendo lo acertado o no de sus argumentos en torno a la reforma, sino su propio papel en las empresas y en la sociedad- que no estoy dispuesto a asumir.
Por todo esto, hoy me sumo a la huelga general.
CREACIÓN DE EMPLEO Y REDUCCIÓN DE LA TASA DE PARO EN ESPAÑA: NECESIDADES, RESTRICCIONES Y ALTERNATIVAS DE POLÍTICA ECONÓMICA (1)
“No hay victoria sin empleo, y el paro va a seguir ahí mucho tiempo. La idea de que la crisis está ya detrás de nosotros es una completa equivocación. La recuperación es débil, está plagada de incertidumbres; ni siquiera puede hablarse de recuperación genuina si no se crea empleo”.
Dominique Strauss-Kahn, EL PAÍS, 14/09/2010
Estos días se ha celebrado en Oslo una “Cumbre del Empleo” (¿del paro?) bajo los auspicios del FMI y la OIT que ha servido para constatar dos ideas principales. La primera es que los efectos de la crisis sobre el desempleo serán muy duraderos, especialmente en países como España. La segunda, que las principales organizaciones económicas internacionales y los gobiernos europeos siguen confiando en las mismas políticas económicas equivocadas para romper el círculo vicioso de la depresión y el paro: austeridad fiscal y reformas en los mercados de trabajo. Si la política no cambia, los peores augurios sobre la evolución del paro se confirmarán con una alta probabilidad, por lo que se hace urgente un debate más claro sobre las alternativas de política económica para mejorar el empleo que tiene disponibles un país perteneciente a la unión monetaria como España.
CONTRIBUCIÓN AL DEBATE SOBRE LA POLÍTICA ECONÓMICA EUROPEA
Después del paréntesis del verano, reabrimos el blog animando de nuevo a todos aquellos que estéis interesados a enviar contribuciones que permitan mejorar nuestro intercambio de ideas y la comprensión de los problemas económicos a que nos enfrentamos
Como primera entrada de esta nueva temporada, dejamos el link al texto que hemos elaborado como contribución al debate en torno a la carta de los 100 economistas italianos y que se ha publicado en la Revista on-line Economia e política, editada por los propios promotores del manifiesto:
http://www.economiaepolitica.it/index.php/europa-e-mondo/proposte-per-il-sud-dellunione-monetaria/
Esperamos vuestras observaciones.
MÁS SOBRE LA CARTA AL EMBAJADOR DE ALEMANIA
Estimados señores Alonso y Müller,
He leído sus argumentos en las cartas que se han intercambiado (post de los días 15 de junio y 26 de junio) y no he podido evitar la tentación de intervenir en su polémica. Dado que ustedes han decidido hacer públicas estas cartas, espero que no lo interpreten como una falta de discreción por mi parte.
Empezaré por presentarme. Soy un trabajador español y tengo contraído un crédito hipotecario con una entidad bancaria que, probablemente, captó los fondos que me prestó en los mercados internacionales. Si a esto le sumamos mi parte alícuota de la deuda pública española, soy uno de esos “deudores” sobre cuya capacidad de pago han estado ustedes discutiendo.
Creo que también es importante decir que no pedí el crédito por capricho o por una excesiva euforia. Aunque ahora escucho con frecuencia que viví por encima de mis posibilidades, me he educado en un entorno bastante austero y de prudencia financiera. Simplemente, casi no tuve más remedio: vivo en Madrid y ya saben ustedes que los precios de la vivienda se dispararon en los últimos años. Como ven, la burbuja inmobiliaria tuvo dos caras: es cierto que algunos hicieron muy buenos negocios y que dio empleo a muchos trabajadores poco cualificados…, aunque con salarios demasiado bajos para pagar las viviendas que construían sin pedir créditos muy elevados.
Pero ahora es tarde para lamentarse y a mí me gustaría pagar mi deuda. Primero, porque deseo hacer valer la palabra dada al firmar la póliza de crédito. Segundo, porque creo que, como dice el señor Müller, éste es uno de los fundamentos del funcionamiento de la economía de mercado y de la sociedad en general. Tercero, porque al contrario que el señor Alonso, creo que no sería justo no hacerlo. Y, cuarto, porque las consecuencias personales que esto tendrá para mí y mi familia serían muy desagradables.
Para pagar mi deuda necesito sobre todo mantener mi puesto de trabajo (y el de mi mujer: somos una familia numerosa) y unos ingresos salariales suficientes. De momento, el gobierno español ha tomado dos decisiones (al parecer, empujado por los sabios economistas europeos y por los mercados) que van a hacerlo más difícil: ha reducido mi sueldo y ha facilitado las condiciones para que mi mujer pueda ser despedida más rápidamente y con una indemnización menor. Y el gobierno alemán encabeza una política de recortes fiscales en toda Europa que podrían hacer esto más probable. Parece que para hacer frente a mis deudas no me quedará más remedio que ahorrar más y gastar una parte mayor de mi reducida renta, como ya están haciendo muchas otras familias.
Si me dan a elegir, también preferiría que hubiera un poco más de inflación que un poco menos, ya que mi deuda está establecida en términos nominales. Pero me temo que la obsesión monetarista del BCE y de Alemania nos obligarán a moderar aún más el crecimiento de nuestros salarios. Así que tendremos que ahorrar incluso un poco más –y gastar un poco menos-.
Señor Müller, una primera lectura de su carta casi me convence de que la culpa era nuestra (de los deudores). Al fin y al cabo, su lógica es –aparentemente- impecable: el problema se encuentra en la menor productividad de los españoles (usted dice de las “empresas” españolas, aquí suele traducirse como de los “trabajadores” españoles; cuestión de perspectiva) y de unas pretensiones salariales excesivas. Y la solución también parece impecable: mejoremos nuestra competitividad y seremos capaces de exportar más y resolver nuestros problemas. Por supuesto que tenemos mucho que mejorar y estamos dispuestos a aprender de su reconocida eficacia, y también comparto su idea de que la competencia entre las empresas es un incentivo importante para el funcionamiento de la economía. Pero pensándolo más despacio, creo que su argumentación tiene algunos fallos importantes. Le ruego que no tome como una impertinencia que pase a detallarlos:
- Usted no hace mención al principal problema al que se enfrenta la economía en estos momentos –no sólo la española, sino la de toda Europa-: la falta de demanda global. Por tanto, no es un problema de eficiencia productiva de España o de Alemania, ya que esto sólo resolvería el problema del “reparto” de una demanda insuficiente. En una u otra parte, seguiría existiendo desempleo, salvo que usted siga creyendo que la oferta crea su propia demanda y se tome en serio los modelos neoclásicos de crecimiento.
- Expresado en otros términos, yo diría que el giro que intentó dar en su carta, desde una perspectiva macroeconómica a otra microeconómica (“las empresas”) no es la adecuada, ya que los efectos agregados de las decisiones individuales son muchas veces contrarios a los que cabría esperar. Por ejemplo, ¿qué efectos tendría sobre la demanda global la competencia entre los trabajadores alemanes y españoles por mantener sus puestos de trabajo compitiendo mediante bajadas salariales? Esta política, que antes se llamaba “empobrecer al vecino”, no tendría vencedores, ya que lo que cuenta es la posición relativa. Incluso puede ser un juego con suma negativa al reducir los ingresos totales: todos produciríamos menos, ya que sólo se puede vender lo que alguien quiere (calidad, eficiencia) y puede (renta) comprar.
- De hecho, ahora que me doy cuenta, lo que parecía una medida muy razonable desde mi perspectiva familiar (ahorrar más para pagar las deudas) puede ser muy peligroso si se extiende a toda la economía. ¿No era esto lo que en la Facultad de Economía llamaban “paradoja de la austeridad”?
- Por todas estas razones, las tres alternativas que propone para España son soluciones falsas. Si los españoles desempleados se desplazan a Alemania, ¿para qué iban a ser contratados allí, si su producción no podría ser vendida por falta de demanda? Por eso mismo, ¿por qué iba a querer comprar un empresario alemán una empresa española? Y si lo hiciese, ¿no sería para sustituir las exportaciones alemanas a España, dejando en el desempleo a otros trabajadores? (Quizá a los españoles que se habían desplazado a su país, aunque en esto del desempleo no soy nada nacionalista).
No quiero alargarme más. Simplemente quería transmitirles, como deudor que soy, que mi deseo es pagar hasta el último euro (¿o serán pesetas?) que debo, pero que la política de los gobiernos europeos puede acabar haciéndolo muy difícil. Por otro lado, no veo muy claro en qué medida los planes de rescate podrían ayudarnos o simplemente dilatarían el problema. A mí me sigue pareciendo que sería mucho mejor un cambio radical en las políticas de los gobiernos europeos. En cualquier caso, sigo abierto a discutir estos puntos de vista con ustedes.
Un cordial saludo,
Jorge Uxó
LA REFORMA LABORAL EN SU CONTEXTO
El gobierno ha aprobado un decreto de reforma laboral que, al final, supone principalmente un abaratamiento del despido –contra lo que venía anunciando hasta hace poco más de un mes- y por tanto una reducción de los derechos laborales de los trabajadores. Pero la valoración de cualquier medida de política económica no puede hacerse sino en el contexto de la situación que atraviesa la economía sobre la que se aplica y de la estrategia general con la que se pretende corregir sus problemas.
La situación es clara: un periodo de recesión o crecimiento muy débil y un aumento muy rápido del desempleo. Por tanto, las medidas adoptadas en estos momentos deben centrarse en el crecimiento y la creación de empleo.
Si analizamos la reforma desde esta perspectiva, el juicio sólo puede empeorar: esta pérdida de derechos, además, no servirá para estimular el crecimiento ni resolverá, por tanto, nuestro problema del desempleo. Más bien, está desviando la atención de las verdaderas medidas que deberíamos estar discutiendo. Intentaré explicar por qué lo creo así.
1.- El primer objetivo debe ser la creación de empleo.- Los defensores de las medidas de reforma laboral han mencionado distintos objetivos, pero centrémonos ahora en lo prioritario: ¿estimulará la reforma laboral la creación de los puestos de trabajo que son necesarios para reducir lo más rápidamente posible nuestra elevada tasa de desempleo? Para responder a esta pregunta racionalmente deberíamos fijarnos en cuáles son las restricciones que limitan ahora la demanda de trabajo por parte de las empresas y preguntarnos si tienen que ver con los costes de despido. Por supuesto, la restricción principal es la falta de demanda agregada. Mientras que las empresas no vean aumentar sus pedidos, no contratarán más trabajadores aunque les cueste más barato despedirlos. Pero salvo que el efecto de la reforma sea una milagrosa conversión de contratos temporales en indefinidos, la demanda de consumo incluso podría retraerse en la medida en que las familias vean aumentar su incertidumbre sobre la indemnización que recibirán en caso de un posible despido. Es cierto que el problema del desempleo no se resolvería por completo si sólo se estimulase la demanda agregada, ya que es necesario que se produzca también un reajuste en la estructura productiva y en este proceso habrá trabajadores no cualificados que corren el riesgo de quedar excluidos del mercado de trabajo. Ahora bien: este riesgo aumentará cuanto más se tarde en recuperar el crecimiento de la demanda –el paro de larga duración tiene efectos devastadores- y no se resolverá con las medidas que se han aprobado, sino con verdaderas políticas activas de empleo que aumenten la empleabilidad de estas personas.
2.-La estrategia de salida de la crisis confunde los efectos con las causas.- Los ejes de la política económica que se está aplicando ahora mismo para salir de la crisis son la reducción del gasto público y la reforma laboral. Esta estrategia cuenta con un sorprendente apoyo mayoritario tanto entre los economistas ortodoxos como entre los comentaristas políticos y los gobiernos europeos. Sin embargo, ninguno de estos dos factores se encuentra en la causa última de la crisis y en la debilidad del crecimiento, que es más bien la falta de demanda global, y la insostenibilidad de un sistema basado en el superávit comercial permanente de algunos países (Alemania en la UEM, por ejemplo) y, como contrapartida, en el endeudamiento de los hogares y sociedades en otros (España, por ejemplo). El origen de la crisis se encuentra en la deuda privada y no en la pública, que en realidad se ha producido por la caída de ingresos fiscales y el aumento de gastos derivado del colapso del modelo. Es, por tanto, una consecuencia de la crisis, y no su causa, por lo que no cabe esperar que la política anti-déficit sirva para resolver los problemas. Y lo mismo cabe decir de la legislación laboral, que en modo alguno se encuentra en el origen de los problemas, por lo que difícilmente puede formar parte sustancial de su solución.
3.- La dualidad del mercado de trabajo, la temporalidad y el cambio en el modelo productivo.- En el debate sobre la reforma laboral se ha producido una paradoja: sus defensores (¡incluso la patronal!) se han postulado como los principales defensores de los trabajadores “precarios” afectados por contratos temporales, tratando de hacer aparecer a los sindicatos como defensores únicamente de la “casta” de los trabajadores con contratos indefinidos. Lo cierto, sin embargo, es que durante la fase expansiva de crecimiento del empleo la voz que más criticó este modelo de expansión del empleo fue la de las organizaciones sindicales.
Los efectos negativos de la desproporcionada tasa de temporalidad son conocidos desde hace tiempo, y tienen una dimensión tanto empresarial como macroeconómica: elevada tasa de rotación laboral, falta de compromiso empresa-trabajador y menor gasto en formación, reducción de la productividad, aumento de la siniestralidad laboral, disminución de la demanda agregada por la mayor incertidumbre, e incluso retrasos en la formación de familias y menor tasa de natalidad al afectar de forma muy acusada a los jóvenes. Por tanto, su eliminación debería ser también un objetivo de la política económica. Lo que no parece muy razonable es que la forma elegida para hacerlo sea aumentar la precariedad del resto de trabajadores facilitando los despidos.
- La aparición generalizada de los contratos temporales en España se remonta, precisamente, a otra reforma laboral, la de 1984. Esta medida se planteó entonces como una forma de aumentar la flexibilidad de las empresas para adaptarse a las circunstancias cambiantes de la demanda, pero a la vez se limitó la causalidad. Que España tenga hoy una tasa de temporalidad que es aproximadamente el doble que la europea y que se haya creado una importante dualidad en nuestro mercado de trabajo supone en realidad reconocer que se ha producido un abuso en la utilización de los contratos temporales, que no responden en realidad al objetivo para el que fueron pensados. Sin embargo, la actual reforma laboral no limita estos abusos, sino que al error inicial le suma otro: una mayor facilidad para que las empresas respondan a los cambios en su entorno mediante reducciones de plantilla.
- La lógica detrás de la reducción de los costes de despido como una forma de limitar la temporalidad del mercado de trabajo parece ser que, en los nuevos empleos que se creen, las empresas se acogerán ahora en mayor medida a contratos indefinidos. Sin embargo, la eficacia de esta medida no será muy alta mientras siga existiendo diferencias en los costes de extinción del contrato. De hecho, ya existe el contrato de fomento del empleo (con 33 días de indemnización para los despidos improcedentes) para algunos colectivos, fundamentalmente menores de 30 años y mujeres. ¿Y cuántos contratos temporales se han convertido en fijos? ¿Por qué ahora esta medida debería ser más eficaz?
- Si pueden elegir prácticamente sin trabas entre un contrato temporal y otro indefinido, aunque con un coste de despido más reducido, ¿qué debería llevar a las empresas a preferir la contratación más estable? Fundamentalmente, un modelo productivo en el que el capital humano sea un factor más importante –por la necesidad de contar con una formación específica para la realización de tareas con mayor valor añadido, por ejemplo- y la confianza en un crecimiento económico sostenido que permita mantener el empleo en la empresa. Lo primero exige tomar en serio y adoptar medidas que posibiliten el cambio en el modelo productivo (políticas industriales, formación profesional, I+D+i) y lo segundo una política macroeconómica orientada hacia el crecimiento y la garantía de una demanda agregada suficiente. Ninguna de las dos condiciones, por supuesto, se encuentra en la legislación laboral.
4.- Flexi-¿guridad?.- La reforma puede criticarse también por lo que no está, ni se le espera. En los últimos tiempos se viene hablando con admiración del modelo danés de “flexiguridad” (flexibilidad para las empresas en la contratación y despido, y seguridad para el trabajador mediante una generosa protección por desempleo y, sobre todo, políticas activas de empleo muy ambiciosas). Sin entrar a valorar ahora este modelo, lo que sí puede decirse es que, como cabía temer, estos cambios en el modelo de relaciones laborales parecen estar caminado a dos velocidades: avanzamos rápidamente con la pata de la flexibilidad, pero no se menciona nada de las reformas relacionadas con la seguridad. Así, el caballo cojea y acaba cayéndose (ya sabemos por qué lado).
5.- Un mensaje antisindical.- El debate actual sobre la reforma laboral ha venido acompañado muchas veces por un mensaje –implícito o explícito- a favor de reducir el poder de influencia de los sindicatos. Por ejemplo, en el debate sobre la dualidad del mercado de trabajo al que nos referíamos antes, pero también en lo referente a la negociación colectiva o la posibilidad de modificar las condiciones internas de trabajo por parte de la empresa sin necesidad de consenso con los trabajadores. Afortunadamente –en mi opinión- esto ha quedado finalmente fuera del decreto, pero el mensaje está ahí y puede estar calando. Sin embargo, dejando aparte consideraciones más ideológicas y centrándonos estrictamente en la situación económica del país, este debilitamiento de las organizaciones sindicales tampoco es conveniente. Una forma de sustituir la posibilidad de llevar a cabo una devaluación es tratar de lograr la depreciación real mediante un crecimiento más moderado de los salarios nominales –que no reales: de hecho éstos han crecido en España menos que la productividad, reduciéndose su participación en la renta-. Ahora bien, es dudoso que los trabajadores de cada empresa acepten por separado esta moderación si no están seguros de que el resto de trabajadores también la aplicará, ya que en ese caso sería inevitable una pérdida en su salario real. Lo que se necesitaría para lograrlo, por tanto, no sería más descentralización y sindicatos más atomizados, sino, por el contrario, más coordinación y un acuerdo de rentas que incluyese también el compromiso de aplicar políticas de demanda más expansivas y que la moderación salarial (nominal) se traslada a mayor competitividad y no a mayores márgenes empresariales.
6. Y, de paso, reducir el peso del sector público y el estado del bienestar.- Ya que estamos considerando el contexto global de política económica en que se inscriben las medidas de reforma laboral, no podemos dejar de mencionar que detrás de esta estrategia se encuentra una concepción liberal de la economía que trata de aprovechar la crisis económica como un Caballo de Troya para reducir la intervención pública y el estado del bienestar. Dejamos para otro post un análisis más extenso, pero si haremos un apunte: en 2007, antes de la crisis, el peso del gasto público en la economía española era 7 puntos inferior a la media de la UEM-12, y 5 puntos inferior a la que había en 1995; respecto al gasto social, en España se situaba en torno al 21%, frente a un 27% de promedio de la UE. Si España tiene un problema de paro y el déficit público es –ahora- elevado, no es porque tenga un sistema de protección social demasiado generoso ni un sector público “desproporcionado o insostenible”.
7. ¿Se calmarán los mercados?.- No lo creemos, ya que más allá de los movimientos especulativos a corto plazo, éstos depositarán su confianza en aquellos países con solvencia suficiente para hacer frente a su deuda. Es decir, con capacidad de crecer. Los recortes fiscales generalizados reducirán esta capacidad y la reforma laboral no tendrá ningún efecto favorable significativo. Pero no nos hacemos demasiadas ilusiones de un cambio en estrategia. Esto acabará sirviendo el siguiente argumento para una nueva ronda de recortes: las reformas actuales se condenarán por poco ambiciosas, como hoy mismo ha afirmado el Banco de España.
En definitiva, si lo que de verdad se quiere crear es empleo, deberíamos dejar de mirar la legislación laboral y reducir los derechos sociales para centrar la atención en lo verdaderamente importante ahora: garantizar un crecimiento sostenido de la demanda y equilibrado en el conjunto de la zona euro. Parafraseando la frase que tanto éxito tuvo, podríamos decir: “el crecimiento, estúpidos, es el crecimiento”.
KRUGMAN SOBRE LA AUSTERIDAD FISCAL, LOS MERCADOS, IRLANDA Y ESPAÑA
En varios post de este blog hemos insistido en los costes que supondrá para la recuperación y el empleo la aplicación de grandes recortes fiscales de forma simultánea en los países europeos, incluyendo a la que debería servir de locomotora en estos momentos (Alemania).
También hemos planteado dudas sobre la posibilidad de que la respuesta de “los mercados” fuese la esperada. Si bien se argumenta que las medidas de ajuste fiscal eran imprescindibles para recuperar su confianza, también es probable que esta confianza se debilite en realidad ante las peores perspectivas de crecimiento. La elevación del diferencial de la deuda española respecto a la alemana después de los recortes parece mostrar, de hecho, que esto es lo que está ocurriendo. (¿Se imagina el lector lo que hubieran llegado a decir los partidarios de la política de recortes si esta subida se hubiera producido antes de llevarla a cabo? Aunque siempre se puede argumentar que los recortes se han quedado cortos, o que la reforma laboral no va a ser “sustancial”, y así ¡¡hasta el infinito y más allá!!).
Finalmente, hemos considerado que el caso de Irlanda –el primero y más decidido en aplicar las políticas “responsables, aunque dolorosas” que propugna la ortodoxia- podría ser paradigmático del fracaso de esta estrategia.
En un post del pasado 13 de junio (http://krugman.blogs.nytimes.com/2010/06/13/does-fiscal-austerity-reassure-markets/) Paul Krugman hace referencia a las diferencias entre Irlanda y España, y explica también cómo los recortes fiscales no parece estar tranquilizando a los mercados, ni es posible que lo hagan, precisamente por sus efectos restrictivos. Y ofrece una prueba que quizá pueda resultar sorprendente: tanto el diferencial con la deuda alemana como el tipo de los bonos a 10 años es más alto en Irlanda que en España.
LA RESPONSABILIDAD DEL BANCO CENTRAL EUROPEO
Ya está hecho: el Congreso de los Diputados convalidó la semana pasada el Decreto con los ajustes fiscales. Y el Gobierno tuvo que reducir sólo dos días después sus previsiones para el crecimiento del PIB y el empleo para los próximos años. Lo que todos los economistas ya sabíamos. Y el resto de gobiernos europeos preparan o aprueban ya paquetes similares de recortes.
Es un lugar común leer estos días que el gobierno no podía tomar más decisión que ésta, ya que no podría encontrar en los mercados financieros financiación suficiente para las nuevas emisiones de deuda a un precio razonable. En cierto sentido esto es cierto: si tomamos como dado el marco institucional de la unión monetaria europea, y particularmente el comportamiento del BCE, cortados ambos bajo el patrón de la teoría económica y la ideología neoliberal.
Sin embargo, no deberíamos perder de vista dos cuestiones fundamentales:
- Una vez aprobados los planes de ajuste, la reacción de los mercados no ha sido la que sus partidarios esperaban, y continúan las caídas. Seguramente, porque han entendido que la capacidad de pagar la deuda –la solvencia de los gobiernos- depende al final de que la economía crezca, y estas medidas van en sentido contrario.
- La probabilidad de quiebra de un gobierno que cuente con un banco central que pueda desempeñar el papel de prestamista en última instancia es sencillamente cero. Estados Unidos, Reino Unido o Japón –cuyos bancos centrales están ejerciendo esta función- lo saben bien.
Desde que comenzó la crisis, el Banco Central Europeo ha ido a remolque de los acontecimientos y de los demás bancos centrales. Tardó más en bajar los tipos de interés –de hecho, ¡los subió en julio de 2008, por los riesgos de inflación!-, los mantiene más altos y se ha resistido a utilizar medidas no convencionales para inyectar liquidez al sistema –rescatando de las dificultades de financiación que tenían las instituciones financieras privadas-.
¿No es el momento de plantearse qué parte de responsabilidad tiene el Banco Central Europeo en la gravedad que ha alcanzado la crisis, y en la elección de una estrategia de salida tan desafortunada? Y lo que es más importante, ¿no es el momento de que las élites europeas renuncien a sus prejuicios monetaristas y rediseñen el papel del Banco Central Europeo en la situación actual?
En este sentido, Thomas Palley proponía la semana pasada algunas ideas (“Europe’s debt crisis and Keynes’ green cheese solution”) que, por su interés, nos permitimos recomendar. Se encuentran en el siguiente link:
http://blogs.ft.com/economistsforum/2010/05/europes-debt-crisis-and-keynes-green-cheese-solution/

