COMPORTAMIENTOS CONTRADICTORIOS DEL BCE
Algo que se observa en períodos de crisis, como el actual, es que los bancos prestan menos. No sabemos bien si esto es lo que provoca la crisis, o por el contrario, es un efecto de ésta. La reciente encuesta de prestamos (Bank lending survey), realizada por el BCE, de abril de 2010, no es de mucha ayuda para resolver la cuestión de causalidad. Como apunta García Montalvo, los bancos han endurecido su política de concesión de créditos, pero en buena medida esto es consecuencia de su laxitud previa, así como del panorama actual, que no invita precisamente al optimismo.
Si los bancos prestan menos esto puede ser por diversas causas, o una combinación de ellas.
Primero, porque desconfían de la capacidad de los prestatarios para hacer frente a los servicios de la deuda. Segundo, porque desconfían del resto de los bancos. Tercero, y relacionado con lo anterior, porque carecen de recursos líquidos y/o solvencia. Esto último no supone admitir la lógica monetarista de los manuales de texto convencionales de Macroeconomía, por la que los bancos primero captan depósitos y luego prestan. Según la lógica del dinero endógeno, cuando un banco A presta a un agente X, A crea un depósito; pero este depósito puede ir a parar a un banco B si el prestatario X realiza un pago y el receptor de la liquidez es cliente de B. Entonces A tiene una deuda con B. Si B no se fía de A le exigirá la cancelación de su deuda, para lo que A deberá entregar algo a B (según la lógica de la endogeneidad del dinero, A no puede crear dinero para pagar sus propias deudas). Una posibilidad consiste en que el banco central preste a A. Y, alternativamente, el banco A puede entregar a B algún activo válido (por ejemplo, deuda pública emitida por un tesoro solvente).
PROPUESTAS DE POLÍTICA ECONÓMICA PARA PAÍSES DE LA EUROPA DEL SUR
Podemos analizar la situación presente considerando que la economía del país de referencia tiene tres objetivos:
1.-Alcanzar un crecimiento potencial suficientemente rápido para garantizar el empleo de la mano de obra. El aumento de la tasa de crecimiento potencial se logra con políticas de oferta que operan en el medio-largo plazo. Como actualmente el crecimiento real es muy inferior al crecimiento potencial, consideraremos aplazable la actuación sobre este objetivo y nos limitaremos a los dos siguientes.
2.-Lograr que el crecimiento real de la economía se iguale a su crecimiento potencial.
3.-Garantizar la estabilidad de la relación deuda pública-PIB.
Para alcanzar estos dos objetivos, la economía puede, en principio, contar con dos instrumentos, que son: el manejo del tipo de interés nominal y la política fiscal cuyo impacto puede medirse por el déficit primario.
En circunstancias normales es posible alcanzar ambos equilibrios simultáneamente, es decir, se puede encontrar una combinación de tipo de interés nominal y de saldo fiscal/PIB con los que la relación deuda/PIB es estable y también lo es la tasa de inflación al situarse la economía en su tasa de crecimiento potencial.
¿Qué sucede si esta economía experimenta una perturbación contractiva? Que, de pronto, peligra el logro de ambos objetivos: el crecimiento de la economía será menor que el potencial, lo que generará la aparición de tensiones deflacionarias, y esta reducción del crecimiento tenderá a favorecer el aumento en el tiempo de la relación deuda/PIB.
¿ENTERRARON A KEYNES EN TORONTO?
Tengo para mí que en Toronto Keynes hubiera votado en contra de la pretendida “solución keynesiana”.
El pasado fin de semana, en Toronto, se reprodujo el choque entre dos planteamientos económicos que parecían de otra época. El viejo orden estuvo representado por la Canciller alemana Angela Merkel, quien sostenía que la recuperación de la senda de crecimiento estable pasaba por la contención del déficit público. Exactamente lo que predicaban los primeros economistas, hace más de 200 años, bajo la expresión “santo temor al déficit”. El “nuevo” orden económico fue liderado por el Presidente norteamericano Barak Obama, quien invocó a Keynes para propugnar el déficit público como el único instrumento que puede devolvernos a la senda de crecimiento de pleno empleo. Ganó la del viejo mundo por goleada. Todos y cada uno de los países se comprometieron a reducir a la mitad sus déficit en para el 2013. No habrá una segunda ronda de proyectos faraónicos financiados con deuda pública e internacionalmente coordinados.
¿Cuál de los dos planteamientos es el correcto? Los dos y ninguno. En las circunstancias actuales es difícil encontrar una solución cuyos efectos secundarios no sean peores al mal que tratan de remediar. Por favor, no maten al mensajero que trae malas noticias.
En las cumbres internacionales que siguieron a la crisis financiera de septiembre de 2008, los líderes políticos acordaron unos planes de inversión pública que dispararon el déficit público en todos los rincones del planeta. La lógica (o la “magia”) keynesiana explicaba que esa inyección de dinero animaría la inversión privada, la producción y el empleo. De una renta creciente emanaría un flujo de impuestos suficientes para amortizar la deuda pública sin necesidad de subir los tipos impositivos. Lamentablemente, en esta ocasión, estos efectos taumatúrgicos no se han producido. La actividad privada no remonta el vuelo, por más brotes verdes que los políticos vislumbren. Un aumento del gasto público en 6 puntos porcentuales del PIB ha dado lugar a un aumento del déficit de 10 puntos, pues la recaudación privada ha caído paralelamente a la renta. El problema de la deuda privada ha sido completado (que no superado) con el problema de la deuda pública.
Los Keynesianos más entusiastas, como Paul Krugman, Nobel de Economía en 2008, siguen en sus trece. “Si un billón de dólares no es suficiente, que el Gobierno gaste dos, tres o los que hagan falta”. Para bien o para mal, ese entusiasmo no es compartido por los mercados financieros. Quienes se juegan su propio dinero (no el dinero de los abnegados contribuyentes sino el propio) rehúsan ahora comprar deuda de gobiernos endeudados hasta las cejas. Temen que ese dinero no les sea devuelto o que se les pague con billetes devaluados a causa de la inflación.
Así las cosas, nadie debe extrañarse de que en Toronto resucitan el “santo temor al déficit” y las políticas de austeridad. Pero, ¿es esta la solución a la crisis económica y financiera? De ninguna manera. La demanda agregada, que venía siendo “artificialmente” sostenida desde el sector público, se hundirá y con ella la renta y la recaudación impositiva. Por paradójico que parezca los esfuerzos por contener el gasto público pueden conducir a más déficit. ¿Cómo reaccionarán entonces los mercados financieros?, me pregunto yo.
Quienes confían en las capacidades autocurativas del mercado no deben olvidar que el camino será largo y doloroso. Cuando el precio de los terrenos caiga un 90% y el de la vivienda un 50% empezará a reanimarse el sector de la construcción. Cuando el valor de las acciones caiga un 80%, algunos empresarios considerarán interesante comprar la empresa X a un precio de ganga e invertir en ella para modernizarla. La prosperidad nacerá sobre la ruina de muchas familias y empresas. ¿Quién sostendrá a los millones de desempleados durante este largo proceso de depuración? Esta es la segunda duda que me quita el sueño
La tercera es de índole teórica. ¿Enterraron a Keynes en Toronto? En mi opinión, la teoría Keynesiana (que enfatiza los problemas de los vaivenes de la demanda agregada, la fragilidad financiera y la incertidumbre) es la que mejor explica la dinámica del capitalismo, incluida la Gran Recesión de 2008. Donde tengo mis dudas es en las políticas keynesianas. No es que niegue su fundamentación, sino su aplicabilidad a una situación tan deteriorada como la que tenemos ahora. Tengo para mí que en Toronto Keynes hubiera votado en contra de la pretendida “solución keynesiana”. Aunque Keynes era muy favorable a la política monetaria, los sucesos de la Gran Depresión de 1929 le llevaron a concluir que ésta fallaba en las recesiones profundas pues todo el dinero inyectado era atesorado a efectos de prevenir un futuro incierto. Si Keynes hubiera vivido los últimos acontecimientos tal vez hubiera concluido que la política fiscal expansiva (alimentada con deuda pública) no funciona cuando la economía arrastra un peso excesivo de deuda privada. Los efectos multiplicadores del gasto público se neutralizan por unos agentes obligados a amortizar sus deudas.
RECORDATORIO CARTA DE ADHESION A LA CARTA DE LOS 100 ECONOMISTAS ITALIANOS
Os recuerdo que seguimos recogiendo adhesiones a la carta de los 100 economistas italianos, a través de la cuenta creada a tal efecto: adh100economistasitalianos@gmail.com
Para más detalles consultar la entrada del blog del 21 de junio.
Muchas gracias por vuestra colaboración.
MÁS SOBRE LA CARTA AL EMBAJADOR DE ALEMANIA
Estimados señores Alonso y Müller,
He leído sus argumentos en las cartas que se han intercambiado (post de los días 15 de junio y 26 de junio) y no he podido evitar la tentación de intervenir en su polémica. Dado que ustedes han decidido hacer públicas estas cartas, espero que no lo interpreten como una falta de discreción por mi parte.
Empezaré por presentarme. Soy un trabajador español y tengo contraído un crédito hipotecario con una entidad bancaria que, probablemente, captó los fondos que me prestó en los mercados internacionales. Si a esto le sumamos mi parte alícuota de la deuda pública española, soy uno de esos “deudores” sobre cuya capacidad de pago han estado ustedes discutiendo.
Creo que también es importante decir que no pedí el crédito por capricho o por una excesiva euforia. Aunque ahora escucho con frecuencia que viví por encima de mis posibilidades, me he educado en un entorno bastante austero y de prudencia financiera. Simplemente, casi no tuve más remedio: vivo en Madrid y ya saben ustedes que los precios de la vivienda se dispararon en los últimos años. Como ven, la burbuja inmobiliaria tuvo dos caras: es cierto que algunos hicieron muy buenos negocios y que dio empleo a muchos trabajadores poco cualificados…, aunque con salarios demasiado bajos para pagar las viviendas que construían sin pedir créditos muy elevados.
Pero ahora es tarde para lamentarse y a mí me gustaría pagar mi deuda. Primero, porque deseo hacer valer la palabra dada al firmar la póliza de crédito. Segundo, porque creo que, como dice el señor Müller, éste es uno de los fundamentos del funcionamiento de la economía de mercado y de la sociedad en general. Tercero, porque al contrario que el señor Alonso, creo que no sería justo no hacerlo. Y, cuarto, porque las consecuencias personales que esto tendrá para mí y mi familia serían muy desagradables.
Para pagar mi deuda necesito sobre todo mantener mi puesto de trabajo (y el de mi mujer: somos una familia numerosa) y unos ingresos salariales suficientes. De momento, el gobierno español ha tomado dos decisiones (al parecer, empujado por los sabios economistas europeos y por los mercados) que van a hacerlo más difícil: ha reducido mi sueldo y ha facilitado las condiciones para que mi mujer pueda ser despedida más rápidamente y con una indemnización menor. Y el gobierno alemán encabeza una política de recortes fiscales en toda Europa que podrían hacer esto más probable. Parece que para hacer frente a mis deudas no me quedará más remedio que ahorrar más y gastar una parte mayor de mi reducida renta, como ya están haciendo muchas otras familias.
Si me dan a elegir, también preferiría que hubiera un poco más de inflación que un poco menos, ya que mi deuda está establecida en términos nominales. Pero me temo que la obsesión monetarista del BCE y de Alemania nos obligarán a moderar aún más el crecimiento de nuestros salarios. Así que tendremos que ahorrar incluso un poco más –y gastar un poco menos-.
Señor Müller, una primera lectura de su carta casi me convence de que la culpa era nuestra (de los deudores). Al fin y al cabo, su lógica es –aparentemente- impecable: el problema se encuentra en la menor productividad de los españoles (usted dice de las “empresas” españolas, aquí suele traducirse como de los “trabajadores” españoles; cuestión de perspectiva) y de unas pretensiones salariales excesivas. Y la solución también parece impecable: mejoremos nuestra competitividad y seremos capaces de exportar más y resolver nuestros problemas. Por supuesto que tenemos mucho que mejorar y estamos dispuestos a aprender de su reconocida eficacia, y también comparto su idea de que la competencia entre las empresas es un incentivo importante para el funcionamiento de la economía. Pero pensándolo más despacio, creo que su argumentación tiene algunos fallos importantes. Le ruego que no tome como una impertinencia que pase a detallarlos:
- Usted no hace mención al principal problema al que se enfrenta la economía en estos momentos –no sólo la española, sino la de toda Europa-: la falta de demanda global. Por tanto, no es un problema de eficiencia productiva de España o de Alemania, ya que esto sólo resolvería el problema del “reparto” de una demanda insuficiente. En una u otra parte, seguiría existiendo desempleo, salvo que usted siga creyendo que la oferta crea su propia demanda y se tome en serio los modelos neoclásicos de crecimiento.
- Expresado en otros términos, yo diría que el giro que intentó dar en su carta, desde una perspectiva macroeconómica a otra microeconómica (“las empresas”) no es la adecuada, ya que los efectos agregados de las decisiones individuales son muchas veces contrarios a los que cabría esperar. Por ejemplo, ¿qué efectos tendría sobre la demanda global la competencia entre los trabajadores alemanes y españoles por mantener sus puestos de trabajo compitiendo mediante bajadas salariales? Esta política, que antes se llamaba “empobrecer al vecino”, no tendría vencedores, ya que lo que cuenta es la posición relativa. Incluso puede ser un juego con suma negativa al reducir los ingresos totales: todos produciríamos menos, ya que sólo se puede vender lo que alguien quiere (calidad, eficiencia) y puede (renta) comprar.
- De hecho, ahora que me doy cuenta, lo que parecía una medida muy razonable desde mi perspectiva familiar (ahorrar más para pagar las deudas) puede ser muy peligroso si se extiende a toda la economía. ¿No era esto lo que en la Facultad de Economía llamaban “paradoja de la austeridad”?
- Por todas estas razones, las tres alternativas que propone para España son soluciones falsas. Si los españoles desempleados se desplazan a Alemania, ¿para qué iban a ser contratados allí, si su producción no podría ser vendida por falta de demanda? Por eso mismo, ¿por qué iba a querer comprar un empresario alemán una empresa española? Y si lo hiciese, ¿no sería para sustituir las exportaciones alemanas a España, dejando en el desempleo a otros trabajadores? (Quizá a los españoles que se habían desplazado a su país, aunque en esto del desempleo no soy nada nacionalista).
No quiero alargarme más. Simplemente quería transmitirles, como deudor que soy, que mi deseo es pagar hasta el último euro (¿o serán pesetas?) que debo, pero que la política de los gobiernos europeos puede acabar haciéndolo muy difícil. Por otro lado, no veo muy claro en qué medida los planes de rescate podrían ayudarnos o simplemente dilatarían el problema. A mí me sigue pareciendo que sería mucho mejor un cambio radical en las políticas de los gobiernos europeos. En cualquier caso, sigo abierto a discutir estos puntos de vista con ustedes.
Un cordial saludo,
Jorge Uxó
RESPUESTA A LA “CARTA A LA EMBAJADA ALEMANA EN ESPAÑA”
Soy un economista de origen alemán que trabaja en España. He leído la carta que ustedes publican y querría exponer mis desacuerdos. Considero que el contenido de la carta puede resumirse en las dos ideas siguientes:
a) que la deuda pública emitida por España en manos de ahorradores alemanes no va a ser cobrada;
b) que está justificado que no se cobre.
Me atrevo a suponer que existe algo de wishful thinking en su planteamiento: como al autor no le parece justo –o no le gustaría– que esa deuda se cobre, quiere creer que, de hecho, no se cobrará.
¿Por qué no debería cobrarse? Eliminemos todos los intermediarios para razonar con sencillez. Supongamos que un trabajador alemán ha producido su ordenador y se lo vende a crédito en una transacción voluntaria al Gobierno español. ¿Por qué no debería cobrar su importe? ¿Es acaso razonable, es positivo para el funcionamiento de un sistema económico, es justo que los créditos no se paguen? La confianza en el cumplimiento de los compromisos es uno de los pilares de la vida económica y, yo diría, de la civilización. Generalice usted el cumplimiento de su deseo y las transacciones se paralizarán.
Supongamos que sea cierta su tesis de que Alemania ha logrado ventajas y España ha resultado perjudicada por su integración en la Unión Monetaria Europea. Si hubiera sucedido lo contrario ¿aceptaría usted que España no recupere sus deudas?
Yo creo que deberíamos olvidarnos de España y de Alemania. Son las empresas que producen bienes de calidad a precios bajos las que venden, obtienen beneficios y crecen, y las que producen baja calidad a precios elevados las que deben cerrar y despedir a sus trabajadores –supongo que no querrá usted anular ese motor esencial del capitalismo que es la competencia entre empresas–. Si, por alguna razón, es en Alemania donde se localizan las empresas con éxito y en España las menos competitivas, tienen ustedes tres posibilidades:
a) creen ustedes en España las condiciones favorables al desarrollo empresarial;
b) sus trabajadores pueden emigrar; en Alemania los emplearán si son eficaces y pretenden salarios razonables;
c) si sus trabajadores se resisten a desplazarse a Alemania y sus exigencias salariales no son excesivas, empresarios alemanes crearán empresas nuevas en España o absorberán empresas españolas que acabaran produciendo con la disciplina y la eficacia alemanas.
Si no aceptan ninguna de estas posibilidades ¿por qué lamentarse? Estamos en un mercado único en el que ustedes han ingresado voluntariamente.
También parece sostener que sus importaciones libran del desempleo a los trabajadores alemanes, que por ello el coste de oportunidad social de nuestra producción es muy bajo y esto justifica que la deuda no se pague. Pero,el paro de los trabajadores españoles que, según usted sugiere, provocan las exportaciones alemanas también implica un coste social bajo de su producción. Si es así, ¿por qué no bajan el precio de sus productos? Lo expondré de otro modo. Si sus trabajadores prefieren estar desempleados a aceptar las reducciones salariales que les harían competitivos y los trabajadores alemanes prefieren lo contrario ¿quiénes cree usted que merecen mantener su puesto de trabajo?
Aceptemos lo que llamamos principio de soberanía del consumidor ¿qué productos prefieren los consumidores españoles –que son al mismo tiempo los trabajadores españoles?…..Pues… es contradictorio preferir los productos de la máxima calidad y pretender al mismo tiempo mantener empleados a los trabajadores que no los producen.
Todos estos argumentos son un poco gratuitos, pues, a su pesar, la deuda pública española se pagará. ¿Cree usted que cuando venza el plazo de la deuda, si España no lograse colocar nuevas emisiones, el fondo de pensiones y el ahorrador alemán que usted menciona se quedarán sin cobrar? ¿Para qué están los fondos de rescate y para qué está el Banco Central Europeo? ¿Por qué cree usted que el Banco Central Europeo tiene establecido como objetivo
–como obsesión podría decirse– el mantener la inflación controlada? Para proteger a los acreedores. Y, si ahora o en el futuro resulta ineludible para proteger a los acreedores comprar títulos de la deuda pública, lo hará sin duda. Ya lo está haciendo.
Por tanto, mis conclusiones son exactamente las contrarias a las suyas. La deuda pública en que invierten los ahorradores alemanes debe cobrarse y se cobrará.
Atentamente le saluda,
Rüdiger Müller
EL EMPLEO EN LA POLÍTICA ECONÓMICA
Teniendo en cuenta la situación actual de la mayoría de las economías desarrolladas y las distintas posiciones oficiales y académicas sobre la necesidad de una mayor austeridad fiscal, no llego a entender como objetivo de pleno empleo se relega permanentemente a un segundo plano.
Me cuesta entender que el principal objetivo que debían perseguir los distintos gobiernos, que sería garantizar un mínimo bienestar a sus ciudadanos (representado éste como la posibilidad de encontrar un puesto de trabajo digno), sea permanente camuflado frente a otros objetivos con la excusa de que éstos son los instrumentos a través de los cuales se garantizará aquel.
Cuando se plantea el aumento del desempleo como un mal menor (y necesario), no encuentro un mejor ejemplo que un padre que tuviera que decidir dejar enfermar (y probablemente morir) a alguno de sus hijos para salvar de inanición a sus hermanos (alguno de ellos incluso con exceso de peso). Es evidente que cualquier padre intentaría salvar a todos sus hijos aunque el estado de salud del conjunto no fuera el deseable.
Creo que se debería plantear el objetivo del pleno empleo como prioritario de la política económica (no hablo de renta potencial, ya que las estimaciones y tratamiento de la NAIRU puede dar lugar a diversas interpretaciones). Existen fuertes motivaciones macroeconómicas para ello:
- Mantenimiento y mejora del bienestar social.
- Evitar los problemas fiscales derivados de la entrada en funcionamiento de los estabilizadores automáticos.
- Favorecer la producción interna del país y evitar granes desequilibrios en la balanza de pagos.
- Favorecer una política de distribución de rentas más equitativa.
- etc.
Considero que la mayoría de la población estaría dispuesta a hacer sacrificios para salir de la crisis actual siempre y cuando las políticas económicas anunciadas planteasen de forma clara los cambios estructurales necesarios para conseguir dicho objetivo (pleno empleo), y siguiesen una directriz de afianzar la solvencia a medio y largo plazo sin incurrir en altas tasas de sacrificio a corto.
Como comentaba en un post anterior, a corto plazo se debe hacer todo lo necesario para recuperar el empleo perdido aunque suponga un aumento inicial del gasto, pero planteando las políticas a seguir a medio y largo plazo para garantizar la sostenibilidad de la deuda, la recuperación de niveles aceptables de renta y empleo, y la necesaria recuperación del equilibrio de la balanza exterior.
Plantear la necesidad de austeridad fiscal cuando las economías se encuentran con exceso de capacidad instalada y grandes bolsas de liquidez (los hijos con exceso de peso de mi ejemplo anterior) creo que es elegir un mal menor (evidentemente considerado como tal por el que no tiene problemas de inanición) para favorecer a quien no sólo no lo necesita, sino que posiblemente se haya beneficiado ya del gasto (rescate del sistema financiero).
LA REFORMA LABORAL EN SU CONTEXTO
El gobierno ha aprobado un decreto de reforma laboral que, al final, supone principalmente un abaratamiento del despido –contra lo que venía anunciando hasta hace poco más de un mes- y por tanto una reducción de los derechos laborales de los trabajadores. Pero la valoración de cualquier medida de política económica no puede hacerse sino en el contexto de la situación que atraviesa la economía sobre la que se aplica y de la estrategia general con la que se pretende corregir sus problemas.
La situación es clara: un periodo de recesión o crecimiento muy débil y un aumento muy rápido del desempleo. Por tanto, las medidas adoptadas en estos momentos deben centrarse en el crecimiento y la creación de empleo.
Si analizamos la reforma desde esta perspectiva, el juicio sólo puede empeorar: esta pérdida de derechos, además, no servirá para estimular el crecimiento ni resolverá, por tanto, nuestro problema del desempleo. Más bien, está desviando la atención de las verdaderas medidas que deberíamos estar discutiendo. Intentaré explicar por qué lo creo así.
1.- El primer objetivo debe ser la creación de empleo.- Los defensores de las medidas de reforma laboral han mencionado distintos objetivos, pero centrémonos ahora en lo prioritario: ¿estimulará la reforma laboral la creación de los puestos de trabajo que son necesarios para reducir lo más rápidamente posible nuestra elevada tasa de desempleo? Para responder a esta pregunta racionalmente deberíamos fijarnos en cuáles son las restricciones que limitan ahora la demanda de trabajo por parte de las empresas y preguntarnos si tienen que ver con los costes de despido. Por supuesto, la restricción principal es la falta de demanda agregada. Mientras que las empresas no vean aumentar sus pedidos, no contratarán más trabajadores aunque les cueste más barato despedirlos. Pero salvo que el efecto de la reforma sea una milagrosa conversión de contratos temporales en indefinidos, la demanda de consumo incluso podría retraerse en la medida en que las familias vean aumentar su incertidumbre sobre la indemnización que recibirán en caso de un posible despido. Es cierto que el problema del desempleo no se resolvería por completo si sólo se estimulase la demanda agregada, ya que es necesario que se produzca también un reajuste en la estructura productiva y en este proceso habrá trabajadores no cualificados que corren el riesgo de quedar excluidos del mercado de trabajo. Ahora bien: este riesgo aumentará cuanto más se tarde en recuperar el crecimiento de la demanda –el paro de larga duración tiene efectos devastadores- y no se resolverá con las medidas que se han aprobado, sino con verdaderas políticas activas de empleo que aumenten la empleabilidad de estas personas.
2.-La estrategia de salida de la crisis confunde los efectos con las causas.- Los ejes de la política económica que se está aplicando ahora mismo para salir de la crisis son la reducción del gasto público y la reforma laboral. Esta estrategia cuenta con un sorprendente apoyo mayoritario tanto entre los economistas ortodoxos como entre los comentaristas políticos y los gobiernos europeos. Sin embargo, ninguno de estos dos factores se encuentra en la causa última de la crisis y en la debilidad del crecimiento, que es más bien la falta de demanda global, y la insostenibilidad de un sistema basado en el superávit comercial permanente de algunos países (Alemania en la UEM, por ejemplo) y, como contrapartida, en el endeudamiento de los hogares y sociedades en otros (España, por ejemplo). El origen de la crisis se encuentra en la deuda privada y no en la pública, que en realidad se ha producido por la caída de ingresos fiscales y el aumento de gastos derivado del colapso del modelo. Es, por tanto, una consecuencia de la crisis, y no su causa, por lo que no cabe esperar que la política anti-déficit sirva para resolver los problemas. Y lo mismo cabe decir de la legislación laboral, que en modo alguno se encuentra en el origen de los problemas, por lo que difícilmente puede formar parte sustancial de su solución.
3.- La dualidad del mercado de trabajo, la temporalidad y el cambio en el modelo productivo.- En el debate sobre la reforma laboral se ha producido una paradoja: sus defensores (¡incluso la patronal!) se han postulado como los principales defensores de los trabajadores “precarios” afectados por contratos temporales, tratando de hacer aparecer a los sindicatos como defensores únicamente de la “casta” de los trabajadores con contratos indefinidos. Lo cierto, sin embargo, es que durante la fase expansiva de crecimiento del empleo la voz que más criticó este modelo de expansión del empleo fue la de las organizaciones sindicales.
Los efectos negativos de la desproporcionada tasa de temporalidad son conocidos desde hace tiempo, y tienen una dimensión tanto empresarial como macroeconómica: elevada tasa de rotación laboral, falta de compromiso empresa-trabajador y menor gasto en formación, reducción de la productividad, aumento de la siniestralidad laboral, disminución de la demanda agregada por la mayor incertidumbre, e incluso retrasos en la formación de familias y menor tasa de natalidad al afectar de forma muy acusada a los jóvenes. Por tanto, su eliminación debería ser también un objetivo de la política económica. Lo que no parece muy razonable es que la forma elegida para hacerlo sea aumentar la precariedad del resto de trabajadores facilitando los despidos.
- La aparición generalizada de los contratos temporales en España se remonta, precisamente, a otra reforma laboral, la de 1984. Esta medida se planteó entonces como una forma de aumentar la flexibilidad de las empresas para adaptarse a las circunstancias cambiantes de la demanda, pero a la vez se limitó la causalidad. Que España tenga hoy una tasa de temporalidad que es aproximadamente el doble que la europea y que se haya creado una importante dualidad en nuestro mercado de trabajo supone en realidad reconocer que se ha producido un abuso en la utilización de los contratos temporales, que no responden en realidad al objetivo para el que fueron pensados. Sin embargo, la actual reforma laboral no limita estos abusos, sino que al error inicial le suma otro: una mayor facilidad para que las empresas respondan a los cambios en su entorno mediante reducciones de plantilla.
- La lógica detrás de la reducción de los costes de despido como una forma de limitar la temporalidad del mercado de trabajo parece ser que, en los nuevos empleos que se creen, las empresas se acogerán ahora en mayor medida a contratos indefinidos. Sin embargo, la eficacia de esta medida no será muy alta mientras siga existiendo diferencias en los costes de extinción del contrato. De hecho, ya existe el contrato de fomento del empleo (con 33 días de indemnización para los despidos improcedentes) para algunos colectivos, fundamentalmente menores de 30 años y mujeres. ¿Y cuántos contratos temporales se han convertido en fijos? ¿Por qué ahora esta medida debería ser más eficaz?
- Si pueden elegir prácticamente sin trabas entre un contrato temporal y otro indefinido, aunque con un coste de despido más reducido, ¿qué debería llevar a las empresas a preferir la contratación más estable? Fundamentalmente, un modelo productivo en el que el capital humano sea un factor más importante –por la necesidad de contar con una formación específica para la realización de tareas con mayor valor añadido, por ejemplo- y la confianza en un crecimiento económico sostenido que permita mantener el empleo en la empresa. Lo primero exige tomar en serio y adoptar medidas que posibiliten el cambio en el modelo productivo (políticas industriales, formación profesional, I+D+i) y lo segundo una política macroeconómica orientada hacia el crecimiento y la garantía de una demanda agregada suficiente. Ninguna de las dos condiciones, por supuesto, se encuentra en la legislación laboral.
4.- Flexi-¿guridad?.- La reforma puede criticarse también por lo que no está, ni se le espera. En los últimos tiempos se viene hablando con admiración del modelo danés de “flexiguridad” (flexibilidad para las empresas en la contratación y despido, y seguridad para el trabajador mediante una generosa protección por desempleo y, sobre todo, políticas activas de empleo muy ambiciosas). Sin entrar a valorar ahora este modelo, lo que sí puede decirse es que, como cabía temer, estos cambios en el modelo de relaciones laborales parecen estar caminado a dos velocidades: avanzamos rápidamente con la pata de la flexibilidad, pero no se menciona nada de las reformas relacionadas con la seguridad. Así, el caballo cojea y acaba cayéndose (ya sabemos por qué lado).
5.- Un mensaje antisindical.- El debate actual sobre la reforma laboral ha venido acompañado muchas veces por un mensaje –implícito o explícito- a favor de reducir el poder de influencia de los sindicatos. Por ejemplo, en el debate sobre la dualidad del mercado de trabajo al que nos referíamos antes, pero también en lo referente a la negociación colectiva o la posibilidad de modificar las condiciones internas de trabajo por parte de la empresa sin necesidad de consenso con los trabajadores. Afortunadamente –en mi opinión- esto ha quedado finalmente fuera del decreto, pero el mensaje está ahí y puede estar calando. Sin embargo, dejando aparte consideraciones más ideológicas y centrándonos estrictamente en la situación económica del país, este debilitamiento de las organizaciones sindicales tampoco es conveniente. Una forma de sustituir la posibilidad de llevar a cabo una devaluación es tratar de lograr la depreciación real mediante un crecimiento más moderado de los salarios nominales –que no reales: de hecho éstos han crecido en España menos que la productividad, reduciéndose su participación en la renta-. Ahora bien, es dudoso que los trabajadores de cada empresa acepten por separado esta moderación si no están seguros de que el resto de trabajadores también la aplicará, ya que en ese caso sería inevitable una pérdida en su salario real. Lo que se necesitaría para lograrlo, por tanto, no sería más descentralización y sindicatos más atomizados, sino, por el contrario, más coordinación y un acuerdo de rentas que incluyese también el compromiso de aplicar políticas de demanda más expansivas y que la moderación salarial (nominal) se traslada a mayor competitividad y no a mayores márgenes empresariales.
6. Y, de paso, reducir el peso del sector público y el estado del bienestar.- Ya que estamos considerando el contexto global de política económica en que se inscriben las medidas de reforma laboral, no podemos dejar de mencionar que detrás de esta estrategia se encuentra una concepción liberal de la economía que trata de aprovechar la crisis económica como un Caballo de Troya para reducir la intervención pública y el estado del bienestar. Dejamos para otro post un análisis más extenso, pero si haremos un apunte: en 2007, antes de la crisis, el peso del gasto público en la economía española era 7 puntos inferior a la media de la UEM-12, y 5 puntos inferior a la que había en 1995; respecto al gasto social, en España se situaba en torno al 21%, frente a un 27% de promedio de la UE. Si España tiene un problema de paro y el déficit público es –ahora- elevado, no es porque tenga un sistema de protección social demasiado generoso ni un sector público “desproporcionado o insostenible”.
7. ¿Se calmarán los mercados?.- No lo creemos, ya que más allá de los movimientos especulativos a corto plazo, éstos depositarán su confianza en aquellos países con solvencia suficiente para hacer frente a su deuda. Es decir, con capacidad de crecer. Los recortes fiscales generalizados reducirán esta capacidad y la reforma laboral no tendrá ningún efecto favorable significativo. Pero no nos hacemos demasiadas ilusiones de un cambio en estrategia. Esto acabará sirviendo el siguiente argumento para una nueva ronda de recortes: las reformas actuales se condenarán por poco ambiciosas, como hoy mismo ha afirmado el Banco de España.
En definitiva, si lo que de verdad se quiere crear es empleo, deberíamos dejar de mirar la legislación laboral y reducir los derechos sociales para centrar la atención en lo verdaderamente importante ahora: garantizar un crecimiento sostenido de la demanda y equilibrado en el conjunto de la zona euro. Parafraseando la frase que tanto éxito tuvo, podríamos decir: “el crecimiento, estúpidos, es el crecimiento”.
ADHESIÓN A LA CARTA DE LOS CIEN ECONOMISTAS ITALIANOS
Estimados colegas:
Un grupo de 100 economistas italianos ha redactado una carta argumentando en contra de las políticas fiscales contractivas que están aplicándose en la zona euro, ya que consideran que el origen de la crisis se encuentra en la falta de demanda global y en los desequilibrios estructurales entre los países con superávit y con déficit comercial, y que estas políticas no harán más que agravarlas (http://www.letteradeglieconomisti.it/english.htm). Si la tesis de la carta te parece convincente, te proponemos que firmes tu adhesión a la misma.
Hemos considerado que es mas eficaz recoger previamente las adhesiones en una dirección y enviarlas en bloque a los economistas italianos que enviarlas individualmente; el propósito es que este movimiento de adhesión tenga difusión pública también en España. La dirección que hemos creado para que, si este cauce te parece adecuado, envíes tu adhesión es adh100economistasitalianos@gmail.com. Por favor, indícanos también la institución o Universidad en la que trabajas y que quieres que aparezca en la relación de adhesiones.
Es presumible que no haya una coincidencia total entre nuestras posiciones personales y la sostenida en la carta, pero si las diferencias no son esenciales creemos más operativo firmarla tal y como ha sido redactada. Por supuesto, es también una buena oportunidad para debatir sobre la crisis y su solución desde posiciones alternativas. Por ello, te ofrecemos la posibilidad de intercambiar comentarios y críticas sobre los problemas que aborda la carta en un espacio que hemos creado en el blog www.economyforum.es.
Si has firmado la carta, quizá consideres adecuado también darle la máxima difusión posible. Por ello, te sugerimos que envíes a su vez este mensaje a aquellos economistas que conozcas que podrían estar interesados en sumarse.
Gracias por anticipado y recibe nuestros mejores saludos,
Alberto Alonso. Profesor de Política Económica de la Universidad Complutense de Madrid.
Jorge Uxó. Profesor de Teoría Económica de la Universidad de Castilla La Mancha.
Antonio Cuerpo. Economista-investigador. Universidad complutense de Madrid.
KRUGMAN SOBRE LA AUSTERIDAD FISCAL, LOS MERCADOS, IRLANDA Y ESPAÑA
En varios post de este blog hemos insistido en los costes que supondrá para la recuperación y el empleo la aplicación de grandes recortes fiscales de forma simultánea en los países europeos, incluyendo a la que debería servir de locomotora en estos momentos (Alemania).
También hemos planteado dudas sobre la posibilidad de que la respuesta de “los mercados” fuese la esperada. Si bien se argumenta que las medidas de ajuste fiscal eran imprescindibles para recuperar su confianza, también es probable que esta confianza se debilite en realidad ante las peores perspectivas de crecimiento. La elevación del diferencial de la deuda española respecto a la alemana después de los recortes parece mostrar, de hecho, que esto es lo que está ocurriendo. (¿Se imagina el lector lo que hubieran llegado a decir los partidarios de la política de recortes si esta subida se hubiera producido antes de llevarla a cabo? Aunque siempre se puede argumentar que los recortes se han quedado cortos, o que la reforma laboral no va a ser “sustancial”, y así ¡¡hasta el infinito y más allá!!).
Finalmente, hemos considerado que el caso de Irlanda –el primero y más decidido en aplicar las políticas “responsables, aunque dolorosas” que propugna la ortodoxia- podría ser paradigmático del fracaso de esta estrategia.
En un post del pasado 13 de junio (http://krugman.blogs.nytimes.com/2010/06/13/does-fiscal-austerity-reassure-markets/) Paul Krugman hace referencia a las diferencias entre Irlanda y España, y explica también cómo los recortes fiscales no parece estar tranquilizando a los mercados, ni es posible que lo hagan, precisamente por sus efectos restrictivos. Y ofrece una prueba que quizá pueda resultar sorprendente: tanto el diferencial con la deuda alemana como el tipo de los bonos a 10 años es más alto en Irlanda que en España.

